11.6.10

sunflower

Trenes, autobuses, estaciones de autobús, estaciones de tren, taxis, el metro. La plaza en su herraje rectangular habitaba su corazón, sin elecciones. Figuras y filigranas. Era el molde, la pieza clave, la rueda dentada que vigila la marcha del motor. Las autopistas, los desvíos, las vías de servicio, gasolineras y bares oscuros con neones chillones y absurdos, equipajes, ciudades que se desvanecen en el horizonte, desde la orilla del mar hasta el corazón de la meseta. El comienzo de todo amor es una invitación a traspasar el espejo. No había más que tres o cuatro personas en los bancos, uno de ellos le miró y le ofreció una barra de hachís. Muy fina, muy oscura. Se miraron. Mil pesetas. Dijo que sí. Le pidió papel de liar y un cigarrillo, luego habría de comprar un mechero. Anticipaciones: era un mechero rojo que reclamaba para sí el flower power: girasoles que estallaban, neumáticas letras, deletéreas chispas amarillas y naranjas. Entró en el bar y pidió un té negro, con limón y sin azúcar. En el baño lió su porrillo, con poco hachís: fino y eléctrico. Con delectación bebió su té. El corazón le palpitaba. ¿Cuántos años llevaba sin fumar? ¿Tres, cuatro? Exactamente: tres años, cinco meses y dos días. La niebla se extendió a su alrededor y la percepción era una trampa. Había regresado, el fuego del cielo lo abrazó sin interés.

Madrid, 24 de julio de 1985.