Mientras espera en el bar de estación de autobuses, lee el periódico. Sin ganas. La mirada salta de los titulares a los anuncios por palabras o la publicidad de cualquier banco. Las fotos le llamaban la atención. Se ha desautomatizado. ¿Es el aburrimiento? El sonido de la tragaperras, la máquina de café y su hirviente melodía, la fanfarria de niños, madres y abuelos en día de fiesta. Ya es verano, no se había dado cuenta. El cielo está nublado y recuerda las guitarras eléctricas de su juventud. ¿Es mayor? Se mira el gran espejo que levita tras la barra, tras la máquinas, tras la alineación de botellas y botellines. Es él, no hay duda. Las ojeras, las bolsas, las arrugas, el pelo cano, escaso, el cigarrillo en la boca. Hay un viejo sabor en cada coñac, una vitalidad engañosa y sorprendente. ¿Quién no quiere para sí el engaño? Desde el Rey al pastor, ¿o ese era una de las danzas de la muerte? También la muerte está presente en la estación, en la geometría, en las aristas, en el acero y en el aluminio. Los sillones sintéticos. Aquella chica que se había tatuado un corazón en el pecho. La recordó.Los autobuses como enormes gusanos surcan las galerías que suponen las autopistas, las autovías, las carreteras. Qué pena, sin dinero. Cruces de carreteras, señalización errónea, la montaña y el valle. Otra cerveza. Otro desvío.