20.6.10

cosmic

La noche no avanza. Suena una radio en la lejanía, nadie puede entender lo que dicen los que a ella llaman. Un gato surca los tejados y sus ojos son de fuego y vino y tabaco y marihuana y chocolate húmedo y serpientes que ejecutan los adioses. Un ejercito de oro e insolación. La noche no avanza. El Padre Supremo no lleva cuanta de tus pecados, serás tú el que deshile el debe y el haber. De diez pasa a uno, pero soy yo ese, esta unidad: el centro. Es el triunfo, son la llagas, y dice que es algo positivo. La noche no avanza. No puedo relacionarme con aquellos que el sueño no se lo quitan sus deudas. Vergonzosas deudas más allá del dinero. Las deudas: billetes y monedas, las cajas registradoras, los mostradores de los bancos, los rostros de las empleadas, las manos herméticas de los cajeros, el engaño al pariente, la caída en la sima de la vergüenza [todo se olvida, nada permanece, ¿verdad?, susurra en los días de farra, en las tabernas y las discotecas eléctricas, mientras el polvo de cristal rosa hace su trabajo desde las fosas nasales al centro de su persona: la palabra hueca, el dinero sin responsabilidad, la habitación del hijo vacía]. He de pensar, por estas y otras razones que detesto y no nombro, en esos empleados en los fines de semana, en sus hijos, sus cervezas, los platos con jamón y tristeza, vino y hartazgo. Ellas, sus mujeres, se han arreglado, guapamente, ellos visten polos y jeans, zapatillas de hacer deporte. Es aquel color que un día llamaste azul eléctrico, con tanta precisión, pero a mí me gusta más, hoy al menos: azul tinta. Me gustan los nombre de los colores, ¿lo recuerdas? ¿Son imprecisos? Absolutamente.

Sin prisa, el vapor llega, pero con el no llega el sueño. La noche no avanza. En el profundo hábito de este claustro oscuro y cálido pienso en los que surcan los bares, se detienen y en que la adquisición del whisky se asemeja mucho a la oración. Pero hoy no estará allí, la enfermedad del deudor es otra. Viento transido de amor y entrega, el sueño es una cárcel.