Hablaba de música mientras la noche decrecía, con su copa en la mano y con la ventaja de los años sustraídos a la venganza. No sin sentido, no sin pena. Era una enfermedad, un acero pulido, la esperanza de sus padres y el descrédito de todos su amores. Nadie la recuerda. Es sólo un nombre, la oculta venganza que lleva en su mirada, hay rabia y nervio. Ese crisparse entre el verde y el azul. Son sus ojos, esos labios carnosos, la mano apretada contra el pecho. Nadie la escucha.
Son las salas azules de los hospitales, a media noche. Son esas blandas aristas de acero o goma, negra goma. Había un vaso de whisky sobre la mesa.
Su color dorado es evanescente, si sólo son palabras.
La infancia en pupitres negros y una habitación oscura, iluminada por el ámbar de la desnuda bombilla. El padre trabaja en una oficina y la madre cose en la cocina, los libros son territorios devastados, hay un lápiz sin punta, busca el afilador y oye la palabra meteorito. Aquellas fotos eran una falsificación: pues parecía alto y guapo y ni una cosa ni la otra. Un dolor en el pecho. Imitación, recomendaciones, insultos en el patio del colegio. Tal vez en la edad madura todo ello se ha difuminado, pero persiste la ilusión, el olor del hogar materno. ¿Dónde está el padre? Las salas de los hospitales hoy son verdes, ayer azules, hay hombre que caminan con un sudario de frío y hielo, mujeres que zurcen sus camisas amarillas, el frenético despertar de los moribundos. Allí se estrella una canción, destrozada es un cúmulo de astillas y resortes, a nadie le interesa.
Túneles, pasadizos, trampillas. Así era la casa. Ladrillo rojo londinense. Puertas verdes. Traspasar tu puerta es entrar en la ausencia. ¿La has visto hoy? ¿qué ha dicho, qué espera, se ha despertado? Un laberinto que muestra en cada uno de sus codos y recovecos el desarrollo de los miedos que ella alimenta. ¿Qué es un viaje? Esa es la explicación que reclama desde su trono de amatista y hielo. Hoy entró en su casa, la humedad y el patrimonio familiar.