28.6.10

green

Su aspecto no era importante. Sus rostros habían envejecido, no así la música. Pero no era su música, se desprendía de los recuerdos y las abyectas servidumbres. A nadie pertenece y muestra su hermandad y justicia. Sólo es un momento. La vinculación con la ley no escrita, con la ley no mencionada. Todos tenían buenas razones para su felicidad de cerveza y madurez en campeonatos e golf y almuerzos en carpas infinitas. No eran las tristes guitarras eléctricas de aquella vieja juventud, ni las piscinas hoy comidas por el limo y las hojas secas y luego putrefactas. La voz de aquella maestra de inglés, con su apuntada perfección de pronunciado inglés de Londres Este. Allí vivió. Fotos descoloridas, la hermosura de lo que nunca ha de volver, campos de fútbol, ciudades anegadas por los ríos y sus canales, blancos rostros, electricidad y sorda acústica de guitarras rotas tras los castaños. Esa madera no ha de arder, hoy no arderá mientras ella duerme en la altura del hospital, verde de ceniza y cura. La salvación, el recuento, el aviso, lo imprevisto. Abstracta sentencia. Sólo la música permanece. Es suficiente por esta noche, el pasado tiene su estatura, su dimensión y ésta termina por atenazar la respiración, sin comprender se hunde, una vez más, en la masa que hoy es: ella, todo recuerdo de un amor juvenil y con una sola foto rescatada de una pantalla se resuelve la incógnita. Monedas que se olvidan en viejos abrigos negros o inmensos, niños que han de volver en los abrazos de la tumba, cementerios y oraciones. Hoy duerme en la altura del hospital, ese color verde.