Las autopistas conducen hacia el vacío, es su particularidad, dice. Un muchacho arroja puñetazos al aire en medio de la plaza. Ya no es un muchacho, es un hombre, con su cráneo rapado, con su gabardina oliva, con los ojos a punto de estallar: grises, redondos, amarillos. Se tiró un día al río, pero no se ahogó. Luego fue por todos los bares del barrio y le pidió perdón a los camareros, a los jugadores de dominó, a los bebedores, a los habitantes de la cofradía de la ludopatía. Incluso le pidió perdón a su padre, atado a la tragaperras. El padre le dio su bendición y un billete de diez euros. Él se alejó, calle abajo. Llegaría para tres cervezas, suficiente.
la cocaína perfumada
el ámbar del bourbon
las astillas de tabaco rubio
el hachís moderno
la respiración postmoderna
Fetidez. Es un hombre de mediana estatura. Salta y se agita, es sábado por la noche. Parejas que beben Coca-Cola y estatuas sin memoria, el papel de las criadas. La guitarra no es una ausencia. Destronado el oportunista, surge otro príncipe.
Helicópteros sobrevuelan la ciudad. Bicicletas plateadas y veloces ciclistas que se lanzan por las cuestas hacia el río. Los círculos postmodernos adoran a los nadadores. No hay ninguna novedad instalada en el centro de la galería de arte. ¿Contemporáneo? Ni asomo de la muerte. Nos esperan días difíciles. No es un proceso rápido.