Eran los arenales inmensos del final de la vida: arcos, pasadizos, túneles, la música o la electricidad, pájaros polares que han sido sorprendidos en su descanso, las últimas noches en los bares, su inocencia y la ebriedad. En aquella calle principal confundió a un mendigo con un bufón, le llamó por su nombre y él respondió: esta es la fecha de tú última hora. No se equivocó. Hielo, profundas aguas heladas, peces infernales, dientes afilados o cuchillas, sobre la ciudad somos otro demonio, su sombra, su debate. No hay interior posible, ha descendido la persona al fondo de su desvanecimiento. Es negro, un negro profundo. Locos atardeceres, la mano abierta de un niño: bolas de cristal, arena, fuego rotundo. Ácido cristal, esmerada confirmación: ya no somos ricos. El dinero ha sido agotado por el dispendio y el coñac, el humo blando del hachís malo, la heroína o el vino de las tabernas que junto al puerto se extiende hacia las colinas. Los barcos en la noche se confunden fácilmente con los caballos plateados que tanto fueron cantados en la adolescencia. Hoy no dormiré en nuestra cama, amor o fuego.