14.8.10

album

Quebrados los límites de lo verosímil, comenzó a reconstruir el hotel. La estación de tren es tan hermosa en su decadencia. La cantina, las taquillas, herrajes y maderas, baldosas y baldosines, puertas, ventanas, aquel cartel: Materiales del Siglo XX: aventura de futuro, hoy pretérito incierto. Siglo XXI. El castaño tiene una hermosa veta, aunque preferio el fresno: sólo es un apunte en el casillero vacío del día, para completar la rutina con acentos de viaje o ilusión. Los calendarios tienen esa particular esencia: destrucción y promesa, futuro, presente y pasado, contención. No me interesa la prosa clara, dijo entre dientes, sin rabia, para no ser oído, para ser oído. No bajó a desayunar, la llamaron a su móvil contestó que había pasado muy mala noche, que no podría tomar nada. A media mañana llegó la primera caña, luego el vino oscuro, de graduación alta. En los comienzos, los consumos de ginebra fueron inmoderados y ese mismo abuso condujo a una degradación general en aquel suburbio, junto a la estación de tren: Materiales del Siglo XX. El esqueleto del hotel, su estructura, las vigas desnudas hablaban sin desearlo de siglos de esfuerzos, un millón de soles ocultos tras el eclipse de la muerte.


No se arrastrará por la arena de la playa, pues ha dejado su existencia de tortuoso reptil. Conchas blancas, esta mañana habla, es una radio local y dice: intolerable y tolerable, son sus muletillas, luego: afirma y afina. Carece de interés.


Autómatas sumergidos en la escoria de la filosofía vigilan el curso del río. Se siente solo y por eso no desea regresar al hotel. La mirada del recepcionista es metálica, el dueño del hotel fuma intensos habanos y dice que ha leído más de trescientos setenta y cuatro libros el verano anterior. Todos los billetes de la caja son rojos. Hay monedas esparcidas por la bañera, en la flor de cuño figura una calavera intencional. Marea alta a media tarde, el mar es un teatro o un incendio. La espera de nuestro estoicismo.