Después de recorrer las bibliotecas nocturnas se dispusieron a comenzar el banquete. El banquete de los martes o de los miércoles, quizá carezca de importancia. Alfileres rojos, su cabeza cubierta con un perla azul, sobre la perla un botón de plata. Los candelabros electrónicos de los últimos clubs escondían todas la certezas, atesoraban en su interior de barnices y santorales el secreto plástico de su amor, cuerpos, senos, manos, interiores oscuros y la rápida sucesión de los días es otra imagen de la muerte, la única imagen de la muerte. Transiciones, segmentos, la aleatoria conversación del que vende su corazón a muy bajo precio, pero deberá ser vendido quinientas treinta y cinco veces antes de revenderlo. Ya no tiene color y es una visera transparente y automática: la electricidad lo soporta, lo sostiene, le da brillo y esperanza. Hoy camina en su hábito de fumador, el transitivo sabor del coñac y la palabra cansada y suficiente como música temblorosa en la mano del mendigo. Hambre.