REUNIÓN: once de la mañana en cualquier cafetería del centro, colores pálidos y una niebla paralizante, ciudadanos o robots, periferia y costumbre. Tal vez no son las palabras más adecuadas, pero tanto a él como a mí nos resultan evocadoras. No es poco. ¿Ambición? Eso es un asunto privado y secreto, el secreto no se esparce. Sacó del bolsillo la libreta:
A. Abrió la libreta.
B. Me enseñó la página:
1. Hacer un negocio
2. Hacer un puzzle
3. Hacer volar una cometa
4. Hacer(se) el avión
1. Debe dinero
2. Debe comer más
3. Debe tratar de (...)
4. Debe (de) ser David Bowie
1. Puede lograrlo
2. Puede ser tu hija
3. Puede y debe
4. Puede el que quiere
Con caligrafía apretada había anotado aquellas cuatro cortas listas. Hacer/deber/poder. Combinaba los verbos y luego aligeraba el contenido. En la página siguiente había dibujado, con precisión, las molduras del ayuntamiento. Él utilizaba moldura y no otra palabra, pues le parecía más precisa que cualquier término arquitectónico, pues decía qué son los edificios sino un agrupamiento de muebles. Imaginé la ciudad desde esa manera de ver y le di la razón. Luego hablamos de la maqueta como piedra rosetta. Sólo desde esta visión se puede entender la ciudad o el urbanismo. Complementado, clara y obligatoriamente, con un vuelo en avión. El que desvela la estructura cancerígena de cualquier ciudad: 1000 metros de altura, antes eran la montañas, ahora es el avión. Así se podrá explicar la enfermedad. El tumor. ¿Cuál es la alternativa? No hay alternativa. ¿Una afirmación excesiva? La cuestión voló entre nosotros, él no dijo nada, no se pronunciaba, no deseaba entrar en más comparaciones, exposiciones y duelos velados. Silencio y el paseo era la reconstrucción de lo primero en olvidarse. Libretas de tapas rojas, el tamaño adecuado para ser guardadas en un bolsillo, espiral y hojas cuadriculadas, buen papel, tapas duras. En el frente, pegado con celo, su nombre y su teléfono. No le gustaría perderla. ¿Vanidad? La palabra se confunde con el tránsito de los camareros, con el entrechocar de la vajilla o la botillería, y las mujeres que toman café entre suspiros de desaire y vilipendio.