1. Viento. El viento es una amenaza. Hay un tipo de locura que anida en él. El viento. Sobre las cuatro de la tarde ella llegará hasta el límite de la ciudad. Ese territorio donde el campo y las grandes urbanizaciones pierden su identidad y comienza la nada. Son esos lugares donde encuentra sentido todo lo leído, pero ella no tiene interés en desvelar las claves que le son otorgadas. Hay chavolas y edificios recién construidos, aceras, asfalto y parcelas sin edificar, un poco más allá vacas o tristes ovejas, el pastor bajo el tendido eléctrico. En Madrid se ocupó de documentar todos sus paseos los sábados por la tarde, su impresión era la de un arqueólogo, pero quizá fuese mejor hablar de malabarismo en lugar de impresiones, de contradanza en el lugar de la arqueología. El tiempo es el perfume de sus tarde y el futuro una trayectoria exacta. Se desvela en viento y el viento trae la noticia y el sonido.
Ahora comienza a sacar de sus cajas los negativos y los positivos.
2. Correspondencia. Atados de sombra. Cartas, fotos y flores secas. Desde la ventana, como el océano se abren los prados. Niebla profunda, jirones de viento, los pastores regresan y la noche comienza su camino hacia la nada. Ella era joven y no recuerda ya nada, todo quedó atrás: la ciudad sumida en la lluvia, piedra negra y verde de liquen o musgo negro, tascas de puertas verdes y hombre agrietados por el aguardiente o la música del vino negro y espeso como la sangre de un buey, libros amarillentos, cuadernos en blanco. Había escrito o compuesto un romance sobre los años que allí pasó, los novios, las cervezas, los cigarrillos y el hachís, esa desacelaración del estudio, la profundidad de un solo pensamiento, el único color de la ciudad: el plomo o la lluvia. Ahora la caja con cartas y el valle es un barco sin rumbo. Prados infinitos, cielos eternos.
3. Travesaño. Todo lo que podía esperar en aquella casa tenía más valor que la vida precedente. Había decidido instalarse allí casi por un capricho. Una decisión sin cimientos, tal como deseaba. Libros, tabaco y un perro. No había nada más que lectura y lectura, paseos y amaneceres en soledad. Sólo así podré disfrutar mi retiro, mi apartamiento: cansada de amistades y viejos amores, en esta hora cuando ya no estoy obligada a ser amable. Llovió una vez más y ella arrojó otro leño a la chimenea, el perro alzó la cabeza y regresó a su sueño perenne. El tiempo había sido arrojado, o al menos era la apariencia que ella alimentaba. Todavía faltaban unas semanas para la primavera, casi dos meses. ¿Revisará hoy las fotos, su archivo?