15.1.10

magazine

No resultaba difícil verle por las tardes en la sala de lectura de la biblioteca. Allí, sentado, con el periódico entre las manos como si se tratase de una mariposa, quizá una mosca extraña y digna de estudio, pues en lugar de leer semejaba que contemplaba la página. ¿Extrañado por algo? Quizá, como cualquier otra razón de amor, quizá le sorprendía el objeto en sí o todo era un teatro en el centro de su locura. ¿Había tal locura? Es difícil determinar dónde está el vértice. Su ropa no indicaba nada extraño, pero cuando por el puño de la camisa asomaba aquel extraño y torpe tatuaje se podía sentir como se debilitaba una conexión. Subterráneos, en voz baja, el tremor de las notas más bajas de un instrumento de viento. Un instrumento que no se ha de identificar. Así son las reglas, el doblar del viento contra la agujas de la catedral. Esa fue la observación del martes 12 de enero de 2010. Sin importancia y con la apariencia fantasmal del que escucha impugne. Luego llegó el temporal y la imagen se borró, hasta el punto de que el apunte tomado en un vuelapluma carecía de sentido y de asideros, de la necesaria vertebración, el nudo o la precisión.


¿Es posible recordar su rostro, salvo el color rojizo, la pena, los ojos inyectados, el pelo abundante y revuelto?


Rojo y temblor en los pasadizos junto al río, callejas que tienen ese inmemorial fraseo. Negro. No hay terreno para la ficción, pues el futuro es este presente, suenan las campanas, las tiendas se cierran y los tenderos y los dependientes bajan hasta el río y tienen esa voluntad de ebriedad que nadie ha de detener. Susurra.