Fueron las sistemáticas visitas a los cementerios durante años lo que le dio aquel extraño conocimiento sobre sí mismo. Así lo dejaba patente. Había hecho fotos y diapositivas, tomado notas y establecía paralelismos, disonancias, atracciones y funciones subterráneas [cómo no]. Fotos en blanco y negro. Los negativos se atesoraban en un armario en el trastero. Tenía un deshumificador para protegerlos. Subí con él las escaleras. Me habló de mañanas frías, de niebla, de paseos en la oscuridad, como un investigador, pero, al mismo tiempo, hablaba con una difuminada intención, cada vez más diluida, que dificultaba la comprensión. Era intuitivo y su conversación tenía algo musical, como si hubiese un ritmo interno que desvelase túneles y galerías, que iluminase su propio interior. Pero sólo era una breve visión. Se replegaba y ofrecía un otro perfil hosco. Me sirvió aguardiente y me ofreció cigarrillos, no fumé. Abrió la venta y penetró un aire frío que llegaba del norte, su rostro se iluminó. El relato comenzaba en una posada en Normandía y trataba sobre una muchacha que le mostró los cementerios de los pueblos. Fue amor y nunca la pudo olvidar.
La continuación derivó por el Sur de Alemania, camino de la frontera con Polonia, caminaba, dormía donde podía, comía aquello que le resultaba más económico. Casi sin dinero, con la vieja cámara, revelaba en las tiendas de los pueblos los negativos que luego guardaba en la mochila, en un compartimento especial.
Durante el invierno, en el fallado, positivaba los negativos. Ahora no tiene ninguna copia, todas han sido regaladas. Se sienta en el sofá, contempla la ría y se pregunta si estarán colgadas de alguna pared, guardadas, o han sido destruidas, arrojadas a los cubos de la basura. En cualquier caso, colige, carece de importancia.