a. Organiza el encuentro con mucho cuidado. No se puede equivocar. Esta es una ocasión especial y así se debe afrontar, desde los pequeños detalles hasta la substancia de lo fundamental. Ay, las palabras conforman la realidad, tienen mucha más fuerza de la que ella espera, y tienen su particular percusión. Tonos y gestos, pausas y turnos. Son creencias, son pasta nueva, son humo o son la solida constatación de un quebranto. Cada intervalo muestra el detalle nuevo, y la novedad es la alegría y la alegría eleva una torre. ¿Inexpugnable?
b. Las opiniones de los presentes se desvanecen al contacto con la humedad, con el agua templada. Pero hay licores potentes que ella ha dispuesto con cuidado: vasos rojos, vino azul, ginebra transparente hasta el límite, hielo, agua muy fría, agua de nieve, limones, whisky japonés y cerveza china, aguardiente, anís, licores de naranja y mandarina y cereza y manzana y melocotón. Beber en esta circunstancia es ideal: se abren los corazones y hay un explendor, una comunicación fluida.
c. Como viejas estampillas para cerrar sobres. Temprano, por la mañana se dirige a su tienda y toda la ciudad es un esquema de sus sueños. Dedales, abalorios, cuentas de cristal, globos, pinzas de plástico rosa, pasillos secretos, selectos destinos. Así fue la fiesta del sábado. Es la posibilidad del olvido lo que en sus sienes aletea.