16.12.09

y.

La lluvia y el frío hacían que una sensación última se sentase a la mesa del despacho. Hombres sin rostro, sólo siluetas tras las ventanas, son quizá yonquis que recorren la ciudad con frío y desesperanza, con una única verdad y un único propósito. Hijos de sus obras, ¿pero quién no lo es? No tiene tiempo, no debe pararse en ensoñaciones, hay asuntos que resolver, cerrar cuentas, preparase para el nuevo año. Pero tras las ocupaciones se esconde una realidad que no puede dejar de perseguirle: todo lo que hace lo hace para que no le muerda el aburrimiento, el tacto exacto de la verdad, la certeza de las caras multiplicadas de la realidad que es una sola. El absurdo que se reproduce entre sus miedos, de ellos se alimenta y por ellos crece. ¿Es la lluvia, el yonqui que acaba de pedirle en la calle, la luz de su despacho? ¿Nevará? Hay en los paisajes helados, en la nieve, en los paisajes nevados un estatismo que le muestra una perfección deseada. Nadie se escapa a la dictadura de la noche, ese deber, ese enfrentamiento entre lo deseado y lo posible. El tacto de la vida o su textura son únicamente alcanzables mediante la falta de actividad, esta verdad ya tuvo ocasión de comprobarla: salas blancas de hospital, internamientos, jeringuillas, líquidos azules o verdes, análisis, termómetros, silencio o pasos apresurados y silencio, una vez más.


No regresará con las manos vacías, una dosis, un receptáculo es más que suficiente para contener toda la felicidad y toda la esperanza que pueden, que podrán abarcar 15 minutos. Se llama cocaína y es hermosamente blanca y afiliada, fría y sangrante, tanto que cuanto más habla más enrojecidas están las palmas de la mano, ¿no?


La compenetración entre socios se basa más en la falta de intimidad que en la proximidad, dijo con una ufana seguridad. Todos saben que piensa mucho cada sentencia que pronuncia y cada palabra es un acto de petulancia.