19.12.09

ferret

Eran trenes que cruzaban la noche camino de Madrid o de París. Viajaban poetas y narradores, libros y maletas con incrustaciones de madreperla o estaño, trajes negros, camisas blancas y negras corbatas. Su luz desvelaba los sueños de los niños y las niñas, era el inyectar ese veneno de los grandes relatos [los pobres hoy en decadencia, muertos en vida, enterrados tras los muros espesos de la actualidad, ¿resucitarán?].


Hoy no ha llovido. El paseo de la mañana fue la recuperación del enfermo. Respiró el aire frío y sintió como su helado cuchillo restablecía la calidad de los pulmones. En la montaña la nieve permanece, se dijo y bebió el trago venenoso: aguardiente helado. Hirvió su estomago y su paladar fue una cascada de cristales, una lucha entre navajas en su esófago. Ya no era joven y la nostalgia y el desengaño se transformaban en asco. Aquel que creyó limpio era otro más entre los médicos, tan odiados, tan llenos de mentira. Ninguno tenía conocimiento y sus ciencia era la ciencia del fingir. Hoy se presiente una demoledora decadencia, pero él, con certeza lo sabe, no estará presente.


Trabajo, fatiga, dinero.


Cuando la noche cae, los mineros se dejan ver por aquí. La cabaña de madera se nutre de luz y aguardiente espeso. Sus uñas están sucias y los licores son joyas líquidas. Humedad, humo, hurones en el bosque: corren muy deprisa y atrapan por el cuello al conejo, un golpe certero y esos ochocientos gramos caen descompensados sobre la tierra y brota la sangre. Ahora cuelgan los conejos degollados de su cinturón, eviscerados, los restos son para el bicho. Madrecita, doncellita, zagala. Tiene mil nombres para él/ella, pero el cazador no se atreve a pronunciar ninguno y le llama lacónicamente: bicho. El frío llegó desde la montaña. Los mineros vuelven al trago y el cazador de hurón cierra un trato, por toda la percha veinte pesetas. Limpias y antiguas. Pesetas, todavía en pesetas, pero nadie lo recuerda, salvo yo.