La entrada a la ciudad. No faltan los tranvías, ni los edificios bajos, ni las casa con huerta y gallinas y conejos y gatos y ratones. Hay en el viento olores de gas-oil y sal, el mar está cerca, muy cerca. La autopista se abre y se cierra, se bifurca y el centro de la ciudad, elocuente, se muestra en su esplendor, brillantes torres, agujas, tejados, sin elección, como vampiros en las recónditas discotecas que nunca cierran sus puerta. ¿Existe un mapa, un código de acceso? He licuado los licores más caros y los infectos aguardientes de las infectas tabernas junto al río. Todo me han conducido al mismo lugar. 3 minutos y siete segundos.
No hay un momento que perder, todo el tiempo será poco, se levantan las palomas y el viento surge del río, aguaceros, portales verdes. Camina el dandy con su pistola disimulada en el gabán. No habrá sustituto. Hablaron de su novio, pero no hicimos caso: no nos preocupan las mentiras, no nos interesan los líos de cama, tan variables, tan poco aconsejables. Agua clara y tan fría, mi garganta se resiente y ese picor constante es una certeza, ¿procuraré su placer?
Mi placer es su risa.
Luna nueva, lluvia y frío, fiebre, nostalgia del verano. Hoy me llamó desde Londres para explicar cómo será su próxima exposición. No he dicho nada, he escuchado pacientemente. Al final me confesó que no soporta la soledad y desde que ella no está, hay una muñeca vieja, sucia y fea en el sótano de su casa. South Kensington.