Sobre las cuatro de la tarde comenzó a trazar las primeras líneas, sobre el lienzo, con furia contenida. Fue un esbozo rápido de pincel grueso, casi una brocha, mojado en una disolución de óleo en aguarrás. ¿Cuál era el color? Un no-color, mayormente, ¿no? Negro. ¿Negro?
Fumó.
Era un retrato. Ella, ella y los perros en un prado.
Una figura esbelta y sumergida en la atmósfera de aquellas tierras en aquel tiempo.
Lluvia y un formato estilizado, lluvia y olvido, lluvia y salones de baile sin público.
Un órgano blanco en el centro de la ballroom. Teclas doradas y un viento uniforme y con esa vibración hipnótica (...)
¿la reconoces? ¿es ella?
La isla ocupa un lugar en su corazón. Ha terminado por hoy su tarea de pintar y pensar en ella. Son las once de la noche y el último whisky se diluye en su paladar. Está satisfecho, todo va por el camino adecuado.
¿Es válida la figura, pero el realismo, pero la vía nueva, la vida nueva? La vista es el sentido más engañoso. El tacto el único fiable.