1. No eran opuestas sus decisiones, pero había un desacuerdo implícito en sus gestos. Un diálogo sin intención de acuerdo. El distanciamiento comenzó aquel mismo día.
2. Los días se pasan en esta isla como una lluvia que se va y regresa, como si esa fuese la única medida. Se miran a los ojos y tienen tiempo, lo saben y por eso han alcanzado un incierto conocimiento. Es la textura del aburrimiento que se se resiste a la ebriedad para ser aplacado. Así, el asco sube por sus manos y se establece en la garganta, desciende, se extiende por las entrañas y en el estomago es un encogerse, un preciso abuso de substancias en el olvido. Nada ha de pasar. Saben que también eso se ha de tornar en costumbre, tras la lluvia, tras el regreso de la lluvia, y por lo tanto en rutina, y por lo tanto en llevadera monotonía.
3. Ha regresado el humo del hachís.
4. Recuerda, conmigo, cuando llegó a la isla por primera vez. Fue en barco y no en avión. Entre la niebla se abrieron los acantilados, vio el puerto y la senda empinada que conduce al pueblo, tan alejado del mar, tan de espaldas al mar. ¿Resulta metafórico? Me dice: Todo es literal, la metáfora es un espejismo, una convención de estudiantes y profesores que no tiene reflejo en la perversión de las palabras. Cuando digo el oro de su pelo es porque oro hay en su pelo, susurró al tiempo que fumaba con impaciencia el hachís verde y con reflejos naranjas que desde el desierto le había llegado, perfumado de olvido y concentración en las minúsculas teselas que formaban en en fondo de la taza de té una hidra.
5. Partió temprano hacia la montaña, donde crecen inclinado esos árboles de los que no recuerdo el nombre. Niebla y frío, bajo la tierra hay un incendio y se pesan los galgos, se los recubre con lana de oveja, se les dibuja en la frente una cruz y se les deja vagar por esas sendas arenosas entre helechos milenarios. Nadie sabe por qué, pero si eso no se hiciese cada año, la isla sería devorada por el océano.