Vivo en el país de la lluvia y la lluvia forma parte de la unidad que se compone en mi entorno, cada día. Acuático y sin sueño, la noches son un nadar, un bucear intenso y peligroso, entre rocalla y algas milenarias, se enfila la brazada y uno encuentra el peligro en cada uno de sus movimientos. Nunca duermo. Mis alimentos son el chocolate, el té, las pastas de coco, el aceite, las semillas de sésamo, los brotes de hierba. El sol es un disco pálido entre la niebla, las nubes y la lluvia. Un preparativo para un viaje es un viaje en sí mismo. No tengo ninguna empresa y nunca leo periódicos, la actualidad me resulta indiferente. Pronto lograré el propósito de toda mi vida, la ausencia de actividad, el estatismo, la conciencia de la oscuridad. Apago la luz y pienso en un paisaje nevado. Crece y la nieve es hermosa y cruel. Que nadie caiga en sus brazos, que nadie la bese. El viento es un nombre de río, el río cruza el valle, pero se ha terminado por helar. Son cartas que al medio día llevo a la oficina de correos, son escritores que esperan su turno y no tienen más ocupación que el tamborilear de sus dedos afilados. Camino hacia el día, la noche es una noticia y su recuerdo ya no pesa. Ella es la que tiene la llave, pero no actuará por despecho. Chocolate y naranja amarga en el desayuno, se puede ver los carísimos automóviles desde la ventana, niños que ordenados se alimentan para la dura jornada. ¿Tiene tanta importancia?