7.6.09

oversee

1. Espera. En los patios se oyen radios y todas hablan de la vocación: de las pruebas y de los sufrimientos. El domingo existe e incluye en su interior la muerte. Nadie escucha.


2. Biblioteca portátil:


1. Espadas como labios, Vicente Aleixandre.

2. Don de la ebriedad, Claudio Rodríguez.

3. Sepulcro en Tarquinia, Antonio Colinas.


4.a. Illuminations, A. Rimbaud.

4.b. Ballade [des dames du temps jadis], François Villon

4.c Pour faire un poème dadaïste, T. Tzara.


5. La destrucción o el amor, Vicente Aleixandre.


3. Pasadizo. Biblioteca en el olvido, que muerta, viva está.

El frágil acorde del recuerdo. Los libros descansan en la maleta porque pronto comenzará el viaje. Londres espera y ésta será una época de parques, librerías, cuadros, conversaciones y licores eternos y efectivos, paseos y conversaciones. Maletas, libros y libretas. Tomar notas, dice, es un vicio como otro cualquiera: con su arrepentimiento, su compulsión y su tinte maldito.


Media naranja, un cuarto de sésamo y miel, la leche muy caliente y el café absoluto y negro. I'm looking for you.


4. Ausencia. Mercurio, cristal y papel. El bolígrafo y la pluma y el lápiz: rojo para el subrayado, para la marca, para tachar. Todo está contenido en el diario, en el dietario, en la contabilidad diaria que todas las noches establece el índice de los logros y los fracasos. Es una brújula el libro recién salido de la imprenta: polvo de oro. Perdería el tiempo si intentase discutir los motivos: quién no quiere ver, no ve. Open your eyes. Adiestrarse: someter la voluntad a otra voluntad.


¿Quién otorga la precisión que en sus palabras es autoridad: limpio, delgado, ropa muy antigua, pájaro de hielo, zapatos negros y exhaustos?


5. Desacuerdo. El invierno en los pantanos. Relató como, con su padre muerto, se adentró en el bosque y como la lluvia comenzó a empaparle. Caminó entre los árboles y se sentó sobre una piedra grande y negra, húmeda y oblonga. Vestía un traje de luto humilde, niño pobre y despierto, con un conocimiento esencial sobre el bosque y sobre su padre, pero aquello era un precedente y un plan que se tendría que desarrollar durante los veinte años siguientes: ahora todos tenían su último libro y allí estaba la clave o, mejor, una nueva cuestión: planteada en endecasílabos a lo largo de trescientos versos. La visión se desarrolla y muere: Basta. No es insistir mirar el brillo / largo de tus ojos (...) [Aleixandre]. Se abrió la puerta a un espejo de vida que nunca habría de abandonarle. No podía rebelarse y ahí estaba el centro de las certezas. La única certeza. Electricidad y luces abandonas sobre las calles: su fulgor es la señal que se espera y la noche es propicia, hoy cuando recuerda esos momento que siempre le acompañarán, hoy en Londres, mañana en Venecia, hoy en una casa cualquiera, en una sala cualquiera, vasos vacíos, mañana. Le buscaron y no le encontraron. Decidió regresar y sabía que nunca podría volver a aquel lugar: se había transformado. Toda metamorfosis implica un resultado: favorable en su perfil y desfavorable en su centro. Y los números son incontestables, por eso los detesta y los ama, alternativamente. De niño a hombre, de hombre a árbol, el árbol vence al incendio. Los incendios se multiplicaron aquel verano, pero el invierno habitaba en su corazón y le protegía como una ciudad roja sin leyes, ni religiones, ni perros, ni hienas que por la noche rondan el corazón robado. En Londres aquellas palabras parecían provenir de la tierra de las hadas y de los duendes, o del niño que decidió no crecer: "Second to the right, and straight on till mornig". Porque ese era su aspecto: pequeño, orejas afiladas, y mirada brillante y sus dedos largos y finos como lápices. Su ropa era verde y su estatua dormía en un parque mientras leía su propio libro, para aquellos amigos que nunca le olvidarían. Y llovía en Londres y la lluvia era la misma que en su relato desvela misterios y establece preferencias. Venecia: estación eterna y óleos y vistas de la laguna y un vaso limpio: agua. Mostró los dibujos de su cuaderno de notas y, a continuación, todos salieron a caminar bajo la lluvia por las estrechas calles de aquel barrio del Norte de Londres sin pensar en las tormentas, ni en las vibraciones eléctricas de los reflectores de la catedral: not so long ago, he told me.