1. Monedas. Ha recomendado películas, películas que inyectan el clasicismo de la narración o la lírica de las novelas que le han conmovido: de un punto a otro el espíritu se desplaza y olvida razones en beneficio de la iluminación. Coches negros que transitan la noche, pistolas brillantes, barras de carmín, sombreros y cigarrillos, la estampa del criminal, el método del investigador, resultados y una exacta argumentación. Es un blanco y negro sucio, como las fotos mal fijadas: así se transmite la realidad con mayor exactitud. Sería una sala de cine muy vieja, con butacas rojas, cenefas doradas, un foro azul tenue, ya desleído, maderas casi negras, un bar con botillería centenaria, el acomodador y su librea, la taquillera y su calceta, parejas huidas de las últimas horas de la oficina, el periódico bajo el brazo y la gabardina plegada, un paraguas y un bastón. La luz potente abre una desgarrada herida, la luz torna en cera los rostros, atentos y vigilantes, la luz abre la puerta y tras ella está el misterio y la poesía que requiere, que busca, que demanda cada vez que entrega las monedas a cambio de la entrada. No siempre se cumple, pero siempre se espera y esa espera es ya una cuentas saldada.
2. Mentiras. Se alejó el coche y pensó en ella. Él no entendía sus palabras, prefería mirar sus ojos, el vuelo de su falda, la curva de sus muslos. Acarició su mejilla y estaba caliente con el calor propio de las lágrimas, pero no había llorado. Acarició la mejilla una vez más y la besó. Le pidió que bajase del coche, que al día siguiente hablarían. El cine se deslizó entre sus manos y algo se había roto, pues la avenida era realidad y misterio y los misterios ya no viajaban en aquel coche que se alejaba bajo los grandes globos de luz, tan hermosos, tan violentos.
3. Acero. Era esbelta y delicada, con un puño de marfil y un botón de oro: la espada sobre el escritorio no era un objeto más, no era un ornamento más. Como un signo de muerte recordaba su pasado y ese pasado se translucía tanto en la biblioteca como en los objetos atesorados que se distribuían sobre las estanterías: un pequeño Buda, una piedra de jade, dos relojes de arena, un tigre de madera toscamente pintado a mano, dardos de colores: rojos, verdes, azules, nunca amarillos, una rajeta, dados y naipes, espejos y gatos. Tal barroquismo era tanto íntimo como explícito, deliberado y casual. La espada servía de guía, triunfante y solemne nunca volvería a ser utilizada, sólo queda su historia de duelos y venganzas, historias de familia que no se han de renovar.
4. Usos. Había adquirido la costumbre de escribir sobre una tablilla roja. Siempre con pluma, siempre en papel amarillo. Se sentaba en un sofá viejo junto al ventanal, con el fondo monocorde de la radio. No permitía que nada le interrumpiese. Descolgaba el teléfono y desatendía el timbre. Una hora diaria era suficiente, pero debía ser una hora, ni un minuto más, ni un minuto menos. Todo esto lo contó con mucha gracia en el paseo de regreso a nuestra casa en el norte de Londres, al día siguiente viajaríamos hacia el Sur de Inglaterra, para ver los acantilados y visitar a una amiga común: su marido la había abandonado recientemente, en su casa en el campo no faltaría conversación, ni libros, ni el amargo sabor de su ginebra predilecta, los pasteles de coco y los cigarrillos egipcios. Pero, entonces, era Londres y Londres reclamaba el pago por el palabrerío desbocado: otro cine bien distinto, otro cine y una sala de conciertos y una figura nueva para la colección que se engendra a sí misma en el desorden de su programa.