11.6.09

blood

1. Acantilados. La tranquila tarde de primavera, del final de la primavera. Desde allí, aquella casa maravillosa y evaporada, se contempla la bahía. Se pueden ver, también, las islas y los islotes y la línea del horizonte. Por un sendero se accede a un mirador, pertenece a la propiedad, al asomarse aparecen los restos de hierro oxidado en el engaste de las rocas: rojo sucio y la espuma del mar. Asciende la brisa y la sal. Ella camina con el vaso en la mano, es su gin-tonic, limpio como una gema, y relata los últimos días de su matrimonio. Lo esperaba y era la espera la que erosionaba su espíritu. No podía leer, ni tocar el piano, no podía centrarse en todo aquello que debía escribir, todo aquello de lo que otros estaban pendientes y por lo que ya habían pagado.

- Es un oficio extraño que se alimenta de dolor y el oficio es el único bálsamo posible y al tiempo genera otro dolor, y así es este nudo gordiano, como el vuestro, supongo. Ella era muy joven y yo la vi un día con él por el pueblo, sólo una vez. Pálida y transparente, vestía de negro y parecía desorientada, extraña, una chica de ciudad en un pueblo como éste destaca aunque no quiera. Él la llevaba como a una niña: agarrada de la mano, pendiente y yo estaba allí, sin que me vieran y disfrutaba de ese placer de ver y no ser visto. ¿Disfrutaba? Sí, por la misma razón antes expuesta: es un buen material.


2. Partida. La casa de mi padre: murió y yo me fui al bosque a la carrera, me senté sobre una piedra y esperé. Podía ver la casa desde allí, mientras la pesada lluvia de plomo y mercurio caía sobre mi cabeza, sobre mis hombros, mientras se introducía en mis huesos por los capilares de mis extremidades. La columna de humo se difuminaba y yo lloraba y el rugido de la montaña me llegaba atravesado por el nervio de la tormenta: negra nubes que se precipitaban sobre el pueblo, también es material, pero yo no sentía que me perteneciese, era un robo, pues había algo por encima de mí, de mi padre muerto, del propio tiempo que se desvanecía. Cuando mi memoria se desvanece, regreso a la casa de mi padre y es una ruina y las paredes son piedras y la casa pierde la forma, la vegetación la hace suya, el bosque coge lo que le pertenece y la memoria fija ese momento y el libro que tienes entre tus manos es la simetría necesaria. Otro nivel, otro plano, un corte transversal en el día, en la noche, en el olvido.


3. Encuentro, tránsito, Venecia. La foto de Venecia está sobre el piano de pared, en su marco de plata, en su blanco y negro. En su estudio. Ella se sentó e interpretó algo vagamente familiar. El viento golpeó las ventanas. Eran bienvenidos en la casa del padre.


4. Camino. Laberintos, manos, sueños, señales, el mar, el bosque, la montaña y sus espíritus, los lobos corren bajo la ventana y muerden los brotes de la viña, el humo, la piedra, madera seca, arena, sangre, fuego y muerte, televisores, bares, botellas de anís, botellas de ginebra, botellas verdes y azules para el aguardiente que se ha de destilar este otoño, deberán lavarse y ponerse a secar al sol, la fuente, los pájaros negros, el sueño y el hacha, allí clavada en el tocón, 1965, la orquesta, la verbena, el puente de oro y el libro de canciones y la noche se cierne sobre el pueblo y bombillas amarillas, rojas y azules trazan el sendero hacia el pasado, el futuro y el presente. Los barcos de pesca se alejan hacia el mar abierto: balanceo y determinación.


5. El sueño: un ascensor y en el último piso debía recuperar Os Maias, un ejemplar sustraído, hace años, de su biblioteca. Eça de Queiroz le recibía y le mostraba lo imposible de la empresa. En medio de la noche se despertó y tomó la nota. Necesitaba el libro cuanto antes, pero allí no era posible. En la noche, el mar era un muro que se unía a un cielo negro de humo, el ala de un cuervo, la profundidad de un bajo continuo. Se acercó al piano y pulsó un Sol y un Do, dejó que las notas flotasen en suspenso en el silencio de la noche, en el silencio de la casa. Resonancia y rescate. ¿Era una señal?