5.6.09

opening - n.6 [guitar]

1. Cajas. Resuenan los pasos a lo lejos, no se cansa de esperar, es un proceso lento y laborioso, todo lo que es lento tras el escenario se traduce en triunfo sobre la esclavitud del cuerpo. La soledad del camerino. El solista tiene frío y debe calentar sus manos antes de comenzar: existen efectivos ejercicios, también posee un calefactor portátil, pone en práctica una tabla de gimnasia, el proceso interpretativo incluye una indagación en el viaje que hasta allí lo ha llevado. El viaje: aviones, la impersonal textura del aeropuerto, las preocupaciones, el miedo a volar, que se ha incrementado durante los últimos años, conversaciones o el silencio, las instrucciones previas al vuelo, carreteras y paisajes entrevistos que se unen al repertorio, la ciudad como motivo y se suelda la intuición con la cultura que el estudio proporciona, la inspiración y el tono adecuado, sin improvisación. Esta liturgia incrementa sus poderes, asciende por el sendero que ha construido desde que se marchó de su estudio. Los rostros sin nombre, mujeres, hombres, niños, viejos, su ropa, sus gestos, la prisa y el descanso, mercados y plazas, iglesias y palacios o presidios o solemnes y aristocráticas avenidas y encontrar un café y beber whisky aguado y ámbar. Todos los personajes y su tramoya convergen en sus dedos durante un instante. Los supremos minutos donde se vacía. El vacío es el secreto final, poco antes de traspasar los límites del escenario comienza el aligeramiento: sólo quedan los dedos, las manos, los brazos. También él es un instrumento. [Medium: es un reflejo de su certeza]. Esto lo ha explicado en numerosos cursos y seminarios. Años de estudio. Calendarios y señales que indican el grado de preparación de una obra. El esfuerzo es equiparable al sometimiento al juicio de otra persona, cuando uno aprende sólo hay dos cosas: humildad y trabajo, sin disciplina no es posible penetrar en esta torre de marfil sin puertas, la soledad atestigua la grandeza.


2. Pasos. Las habitaciones son prisiones intercambiables: ortogonales y simétricas: ausencia de curvas y de las amadas formas vegetales. Se desarrolla el helecho en una espiral desplegada y así el talento se ejercita.


3. Hierro y viento. Cualquier instrumento resulta un fardo de exigencia y renuncias. Magnéticos receptores, el día y la noche, el viento, la lujuria y su llama en los ojos del viejo, la mano del niño es limpia y dúctil y el pelo de los muñecos que duermen su polvoriento olvido en los desvanes: trasluz de siglos y eternidad, inerte y microscópico simulacro de vida y aleaciones sorprendentes y mágicas. Tras la puerta, la cimbra. 


4. París. Pero tenía ya la experiencia de los campos y los paseos y las caminatas indescifrables, así le otorgan seguridades y certezas  para revestir su indiscutible talento, su adolescencia alucinada que pronto se vería rota, enferma de sí, elevada al trono de los únicos que merecen ser leídos,  veneno parisino. Pues no se trata de obtener conocimiento, ni razones, ni exponer el yo aburrido, gastado, putrefacto ya en su alumbramiento, campana sonora y hueca. Los campos se apartan de la geometría, de la línea recta, del ángulo, de la cuadricula y sus distribuciones: más allá de su erótica, descarnado barro húmedo, infierno e incendio, llamas que se elevan sobre los árboles y el sol se oculta tras las montañas y la noche es remedio y condena, el canto que estalla en los puentes sobre el Sena, más, mucho más que la lámina en la se que adivina la ciudad, el río, las figuras, los perfiles exactos de los edificios y las agujas hieráticas de las iglesias, árboles en el claustro urbano. Blanco y negro de albúmina, cristales de plata, óxido o cianuro, pues azul y el yo busca el verde y es el cloro de las piscinas al amanecer, cuando el cuerpo es fiesta y alegría, pero pronto será fantasma y locura.


5. Venenos, prisiones, esferas. El amarillo domina los tonos de su estudio. Es un dorado viejo, escogido, especial y entonado con gusto. Hay libros, tomos de poesía francesa del XIX, tres atriles y tres guitarras, cada una en su edad, sus colores: cereza intenso, trigo pálido, destellos metálicos.  Su espera. Dos metrónomos, un diapasón, una afinador electrónico, un retrato de Andrés Segovia y otro de Narciso Yepes. En un gran panel se disponen las tareas de las próximas semanas. Hay una agenda cerrada sobre la mesa y un ordenador apagado en un rincón.


6. Narcótico. Una lámina roja, relojes sin hora, guantes amarillos, la humedad de los labios, la adolescencia y la voluntad, lluvia y café. Gritan los monos, la tormenta crece, la avenida es amarilla, las manos, es azul su risa, los ojos, asfalto negro y escamado: piel de cocodrilo,  una cámara sobre la mesa de la cocina: bronce, marfil y sangre, la electricidad trenza su boca, rumor de tabaco en las entradas de la ciudad, saldré a la calle y París y el viernes serán diciembre en los páramos de Manchester.