sobre la parte superior descansaba un gato rojo
cerca del río un estruendo de guitarras eléctricas y tambores y trompetas y el día en su última hora se tornaba amarillo o rojo, sin distinción
caliente y espeso, era la última comida, su última comida y palidecía su rostro, y sus manos finas y transparentes
falsificó su titulación, pero no tuvo piedad, ahora el viento no es un rumor
acero y plomo, la corrientes eléctricas le mostraron un camino erróneo
sin sentido, con el fulgor ebrio de carnaval y su sexo húmedo
no habló, rió y se sentó junto al fuego, tenía las manos sucias, una pila de libros esperaba para ser quemada, comía con desesperación, una foto del centro de París, era reconfortante su infancia, su infancia salvaje y nítida
calles, plazas, columnas alusivas, estatuas y parques, solitario y convencido recorrió aquella ciudad, quince, doce, diecinueve kilómetros, carece de importancia y relieve, caminó y el paseo era la renovación del espíritu
peligro, humo, fuego
no tuvo tiempo para recoger su equipaje, la prisa, el censo, la tierra, el miedo
hay cosas peores que la muerte
nunca le dijo quién era su padre y eso se reflejó en cada uno de sus actos, desde el capricho de la infancia, a las tonterías de su superioridad
un taladro, su frío contra el muro de hormigón, descansó y explicó su capacidad, su poder de capataz y asalariado, para eso le pagaban, y el sueldo era el pan de sus hijos, le entendieron, pero el resultado era otro