25.8.09

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1. Letra. Las esperas no le agradaban, pero se había acostumbrado. La costumbre lima las aristas y muestra la suavidad de la rutina, su dulce continuidad, la previsión y la seguridad, sin embargo hay molestias que no se curan fácilmente, remiten y regresan sin avisar. No se planteaba demasiadas cuestiones, y esperaba sin desasosiego, como había aprendido. Los turnos, las vacaciones, los fines de semana, el patrón del pueblo, el puente y los días de asuntos propios. El suelo, las dietas y los complementos. Luego regresaba a su casa y era otro mundo. Ya no vivía su madre y no pasaba un día sin pensar en su mujer. ¿Dónde estaba, con quién estaba, por qué le había abandonado? Hacía más de una año que no sabía nada de su hija y recordaba perfectamente la última llamada, su voz y el sonido hueco cuando colgó. Había en la calle alegría y fiesta, él se preparaba para ir a la cama, a intentar dormir, después de tomar la pastilla que le reconfortaba  y le regalaba la tranquilidad, la antesala del sueño.


2. Número. La caja está vacía. Londres nos espera y nosotros sabremos corresponder a su espera, el regalo va más allá de nuestra presencia y la caja es el presente, el envoltorio de maletas y equipajes, cuero y lona negra, o marrón o la maleta roja con citas de cuero negro, la chistera, las velas y la camisa negra, la guitarra que dejamos en el hogar es una ancla, una bruja que nos protege, ¿visitaremos a las hadas y a los duendes? esas voces en el televisor me desagradan, dice sin importarle demasiado, apaga la luz y disfruta de tu cuerpo. Ella es aparición y veneno, piel de fuego y ojos con bronce y oro, aparición y gasa, el fantasma del mediodía y su repentina luz verde-fosforencencia o liquen y piedra o negro de humo, la tinta china y el papel duro, grapas y tesoros, la grapadora y la cerilla, el presente y el pretérito y oír sobre los tiempos verbales chismes y detalles sin importancia, no hay tiempo que perder, Londres espera la llegada de los dos amantes y ellos sabrán corresponder a todas las atenciones que la ciudad ha preparado para ellos desde hace, como mínimo, quinientos cuarenta y siete años, es su regalo la sorpresa de la presencia: negro, rojo y blanco y el pelo negro y el corazón blanco y los zapatos rojos como las que al viento se llevo las melenas rojas y verdes, rojas o verdes.


3. Negro. No incluiría la última hoja en el dossier que había comenzado la última semana. No tiene sentido, claro, se repetía con convencimiento. Esas carpetas daban una idea de su manía por el orden y el control de su vida y de las vidas ajenas. Le gustaba pronunciar: elaboraré un dossier. Cuatro colores para las carpetas: verde, amarilla, roja y azul, dependiendo del tipo de asunto que trataba, pues cada problema requiere un color específico. Fotos, notas, recortes de periódico, hojas de libreta, folios, servilletas de papel, tickets, facturas, fotocopias. No era un enfermo, pero mantenía en secreto su afición, sus investigaciones sin destino.


4. Luz. Nombres y espejos, líneas curvas, aposentos, camas, barcos vacíos, varados, en la penumbra que precede a un incendio nocturno, brisa y niebla, el mes de junio como mes preferido, el otoño como única posibilidad, censo de luces, archivo y petición, las deudas de juventud, el cómputo de los excesos, material de deshecho, escombro o tonelaje de desperdicios e incrementos, no es fácil encontrar hoy en día un sastre que cumpla con el voto de silencio y la modestia del que debe callar, de guardar silencio, de esperar que el otro hable y no contestar casi, se hunde la mano en el agua y el estanque es profundo y negro, las paredes y el fondo han sido pintados de negro y es una carpa dorada o de oro limpio la dueña del espesor y  la vegetación, no le llamó crisantemos, tampoco dijo: batalla, prefiere el tabaco negro y el coñac caliente, con vapor calienta la copa y luego vierte el líquido, el licor y es esa la única ebriedad en el silencio de la sastrería, no son tiempos de guitarras eléctricas y heroína, para escuchar el viento basta con una cerilla a medio consumir, pero no es hora de drogas y vino, vender las monedas y relatar el peligro y las deudas, sin juez, portería, teléfono y víveres, parte de la noche la pasó en el bar, la otra en los parques, los paseos nocturnos son transparencias y diálogos con el otro, el otro es un yo, el yo se traslada al número 4.546,00345, que carece de significación, es una triste letanía de puntos y estrellas. OXO, palidez, presunción, y era el nombre de un jabón, es el edificio que hoy pernocta en la ciudad, sólo queda esa cifra entre todos los pasos dados en la noche, en el triángulo: el bar, el parque y su hogar.


5. Ventana. Revisó las cuentas y pensó en los próximos meses, en las obligaciones y en las posibilidades, antes todo resultaba mucho más sencillo, pero durante el último año no había hecho otra cosa que perder dinero y entramparse en absurdas operaciones, no se sentía responsable, pero lo era, finalmente todo se debía a una serie de errores acompasados, a cualquiera le puede suceder. No estaba preparado para el naufragio, deseaba llegar a casa y meterse en la cama y disfrutar del absoluto de la oscuridad. ¿Qué haría su padre en su lugar? Esa pregunta carecía de sentido, su padre estaba muerto y él debía hacer frente a todo solo, el negocio, la familia, los hijos, su mujer, la casa, el coche, las vacaciones, la primera comunión de la niña, el regalo de la boda del hijo del amigo, las facturas, el barco, las propinas, las cenas, los bailes, la ropa, los zapatos y un televisor nuevo. En la rebarnizada oficina donde su padre quemó su vida, sentía el punzante dolor de la ruina, el tacto acerado de los número y sus consecuencia, el fin de todo, la esclavitud de la vida, en sí misma y hasta ayer todo era cómodo y fácil, ¿cuánto tiempo lleva hundir un negocio? ¿el trabajo de una vida se difumina en dos años, en un año, en diez tonterías y cuatro imbéciles de los que no recuerda el nombre? ¿ya había perdido los dones? Llamó a casa y la niña cogió el teléfono y le preguntó si iría a cenar y le dijo que tenía mucho trabajo y que le daría un beso al llegar, que se fuese a cama y que se pusiese su madre y que no tenía frío y que en el despacho había calefacción y que todos los días de su vida pensaría en ella y que la quería mucho y hablaron de atletismo y de canciones con ritmo para bailar y de bebidas de color rosa y muñecas transparentes y golosinas y gominolas y osos de peluche y osos de goma y barras de labios de caramelo y pipas muy saladas y de la natación o el atletismo y casas de muñecas y noches sin luna donde las hadas bajan hasta los estanques de Kensington Park y entre las verjas se dejan ver a quién quiere ver y hasta allí llegan, y es en el estanque donde juegan y Peter Pan es otra cosa: algo más que una estatua en un parque, en Kensington Park.