4.8.09

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Las reglas eran flexibles. Había poco que observar: la hora de la comida y tratar de hacer el menor ruido posible, por supuesto la limpieza era indiscutible. La casa se alzaba sobre un acantilado y una cuidada pradera se extendía hasta el límite de las rocas. Árboles centenarios, setos, piedras ubicadas con descuidado zen, globos de papel, senderos iluminados, un espejo que pende de una rama y refleja el sol cuando el viento lo agita, los gatos y los perros, los pájaros y la línea del horizonte. Amenazaba lluvia y el jardín, donde crecían hortensias entre matas, arbustos y mirtos, y la pradera se habían teñido de un tono azulado. Ella se levantó de su sillón de mimbre y se sirvió otro gin-tonic, encendió un cigarrillo y gesticuló con ese aire tan suyo. Su figura era esbelta y el dibujo de los senos era punto menos que perfecto, bajo aquella blusa blanca, seda quizá, un tejido sintético quizá. Pronto deberían regresar a la ciudad y abandonar la indolencia propia de la casa, la bebida y el tabaco, los porros de última hora del día y las propicias tascas cerca del puerto, poco antes del adentrarse en las luces multicolores de la noche próxima al mar. Amanecer y sentir el frío de la mañana en los cuerpos. El placer de saberse efímeros es difícil de lograr, pero no admite imitaciones. Ella hablaba con el conocimiento que otorga la quimio y la radio.Todo estaba demasiado reciente y el pañuelo todavía cubría su cabeza pelada. No sé si se me está permitida la ginebra, pero hoy es una excepción, ¿no?, ojos de ginebra mal, quiero celebrar tu cumpleaños como se merece, volvió a recitar a Gil de Biedma y se encontró ante sí misma. Su snobismo, su cerrazón, su capacidad para guardar silencio, sus dientes montados, los ojos azules, los niños en la habitación de los juegos. Eran mayores, todo el mundo tras los treinta años es mayor, a pesar de adjetivaciones y maquillajes: para recordarlo estaba allí la figura caduca de las horas y los días, el placer y la pereza.