19.8.09

a: couple

En las últimas cartas había notado un cambio, un empeoramiento. Se trataba de la caligrafía y de cierta urgencia en las exigencias, que siempre habían sido punto menos que cargantes, pero que en ese momento alcanzaban la cota del idiotismo. Dejó a un lado todo aquello y se dispuso a tomar el té que tomaba cada tarde, sobre las seis y media. La pradera era de un verde intenso y las vacas transcendían su animalidad para convertirse en una suerte de figuras o láminas que flotaban en el escenario, sin posibilidad de cambio, al menos era el fulgor de las horas y las deserciones. Como propietario rural tenía algunas obligaciones y entre ellas unas eran especialmente desagradables, eso era una herencia que su padre había incluido en las propiedades. Él era el patriarca de aquellas aldeas, y como tal debía actuar y ahora tenía las cartas de su hijo reclamando, desde Londres, más dinero para empresas tan estúpidas como baldías. Le recordaba a su madre, tanto en la belleza como en la debilidad. Era el momento de la ginebra y la locura y la locura era aquel prado verde y la carta de su hijo sobre la mesa de despacho.