a. Salto. Parecía inexplicable, pero había una razón de peso, una transparente verdad, un cristal en la palma de la mano, no se trataba de esconder o de robar, de hacer un pronóstico o de encerrar una paloma en un pozo, pero los pozos estaban allí, como prisiones, como jeringuillas, como permanencias y caminos. Lejos de las montañas. En el mar, en las playas, sin prisa, los coches aparcados son muy antiguos, son pesados y negros, retumba el oleaje y hay una casa de ventanas verdes y aleros rojos, la cerveza y el humo del tabaco se entremezcla con las correcciones al vuelo, porque desconoce su identidad, es un trabajo en el que se ha empeñado durante años, hasta la disolución total: paseos por los acantilados sin prisa, un perro agita su collar y el sonido del metal es un aviso.
b. Despertar. El coche se desliza por la carretera que corre paralela a la costa, en un intento de alcanzar el final del día y conservarlo en la eternidad de un instante. Ha oído conversaciones inoportunas y desea olvidar todo lo que el día trajo consigo. Hay un oscilante ir y venir de dudas y certezas, se levantó y le riñó con tranquilidad, pero no dijo nada, le miró y comenzó a estudiar su ropa: camisa de cuadros y pantalón vaquero, las gafas y la boca caída, que en otro tiempo era atractivo y hoy es un gesto, una comisión de préstamos, una lamentable soberbia y un calor animal. Sus ojos eran el espesor del silencio. Vio las luces del puerto y la noche abrazaba su coche. No precisaba más de lo que tenía y eso era ya exceso y mortalidad.
c. Verano. Se reunieron en una de las terrazas del puerto para celebrar el cumpleaños de su mujer. Era una ocasión especial, le gustaba preparar esas cosas, entregar a cada uno lo suyo, corresponder, pues esa era la razón de su vida: encontrar amistadas y formar grupos de personas con influencia, para su provecho, que no era otro que la presunción, la detonación de sus esperanzas para el futuro, para los matrimonios de sus hijas: percusión y fuego, anillo de fuego, dijo y se volvió con la cerveza en la mano para que le fotografiasen, esa era pasión, y luego colocaría las fotos en el álbum y pasaría las páginas durante el invierno y era eso constatar el cumplimiento del deber, sin pasión y sin derivas.