16.8.09

careless

Entre los últimos libros que compró encontraron un repertorio de vistas de Londres, fotos y dibujos, acuarelas exactas y diapositivas. Había colocado señaladores en ciertas avenidas y en ciertos barrios en la guía Michelín que manejaba. ¿Eran de su agrado o respondía aquello a otras razones más íntimas e inescrutables? Hablaron de ello mientras hacían recuento de los libros y objetos que merecían ser conservados y aquellos otros que se le darían al trapero para que los vendiese o los malvendiese [carecía de importancia, pues finalmente era un favor que les hacía, nadie quería aquellas revistas de magia, aquellos anuarios médicos, la colección de mecheros, las llaves y la colección de elefantes, siempre con la cola en alto, pues el signo de buena suerte: ya ves en que se termina todo, la buena suerte y la mala suerte, dijo sin énfasis]. ¿Alquilarían el piso o buscarían un comprador? Hacía una semana que había muerto y la urgencia en vaciar el salón y las habitaciones y la cocina indicaba la levedad de la familia, la falta de ataduras, salvo el dinero: que él despreciaba debido a que nunca le falto y se pudo permitir despilfarrarlo en viajes y compras inútiles. Abrieron el armario y los trajes colgados de las perchas, las camisas, los zapatos, los calcetines y la ropa interior daban noticia exacta de la muerte. Habían perdido algo, pues él ya no los volvería a poner. Su destino era el ropero de la caridad y su separación, ese esparcirse entre la necesidad la muerte de su elegancia. Qué mejor final, hubiera podido decir él, sintomático y verde. Sus colores ya quedaban para la fija fotografía en el álbum y en su olvido y no tenía porque pensar, ni dar explicaciones en oscuras oficinas municipales, ni asistir a representaciones teatrales, ni esconder sus amores oscuros en la capital de la provincia, sin más cuidado que la nota breve que adelanta el poema y la clase en el instituto del pueblo. No es tiempo para trajes, ni para corbatas rojas, se ha perdido la visión y nadie ilumina esta plana realidad, no volvería a coger el tren ni volvería a perder su maletín de catedrático de literatura. Ya nunca volvería a la capital a buscar cuerpos jóvenes y caros, oscuros y delicados, la delicia del instante y su soledad pausada en tardes de lectura y whisky de malta.