11.7.10

sea

Tendría veinticuatro años en aquel momento. Era rubio, delgado, vestía de negro y estaba pálido. Quizá llevase un sombrero, una boina, una gorra militar hurtada a la ciudad de Londres, tanto la amaba. Su lema era el surrealismo y la existencia al limite. Existencialismo, decía, como el negro de sus pantalones, de su camisa, de sus zapatos o de la chaqueta. Allí se alzaba el mar, esa inmensidad de indiferencia y mayestática justicia: ciega, eterna, ausente. Olas recubiertas del bronce del fondo del mar, las algas magnéticas del amor, el lodo sinuoso de la nocturnidad y la pereza. Dilapidaba la juventud entre licores y sentencias, quizá la heroína fuese una vía de conocimiento. Aletas, branquias, espinas doradas. Su pelo rubio chocaba contra el viento, torbellino de paisajes y determinaciones. Ahora es noche cerrada y le visto pasar bajo mi ventana: triste y viejo, sumido en el negro de la muerte. El alcohol es el final del camino, su centro y su absoluto. Hoy no puede trabajar. El trabajo, la ocupación, la voluntad. El deseo se ha fosilizado y las preguntas que plantea su ausencia no son discutibles, nadie responde. Carga con el personaje, hogueras en los montes, fuego en las manos.


No se puede ver más allá de la propia sombra, dijo y desapareció calle abajo, la botella y el cigarrillo humeante, la ceniza es temblor y certeza.