Cartas que llegan sin remite. Esos buzones de acero lacado. Son vitrinas, escaparates, muestrarios de aleatoria incertidumbre. Hoy no se espera su llegada, pero se percibe su vuelo entorno al edificio. Nadie sabe su nombre, pero todos la han visto, al menos una vez. Ella, la chica, explica los entresijos de un incendio, de sistemas de evacuación y de la tardanza de los bomberos. Explicaciones nerviosas, el pelo eléctrico, viajes al fondo de un hogar vacío. Naturaleza muerta. Naranjas, manzanas, la muerte de una gallinácea, un cuchillo vibrante de óxido y yeso, manos dulces de dátiles y uvas, cómo se desgranan más allá de vívida mesa de castaño. Siempre amo la nobleza de la madera y hoy es la imagen de un santa la que descansa sobre el aparador. Luz verde, manto azul, toca rosácea, las manos ungidas por el aceite de la salvación. No son vanas oraciones, ellas serán las que nos han de salvar.
¿Fingió en el momento de la ofrenda?
Esa era la condena que había tejido
tarde tras tarde. Ahora es un vaso
colmado de agua limpia, es la tercera
nota de la escala, que se mantiene
en suspensión o espera.