¿Soy yo quién escribe...
... se pregunta ante la pantalla vacía de su ordenador. Inmensa, improvisación, desatendida fuga, prontitud, reverencia, acuerdo, sencillos bastones de marfil y ébano. Hay sobre los estuches de las guitarras un sombrero. Es un sombrero negro, rígido, es un sombrero que fue comprado en Londres una mañana de marzo. No hay más preguntas. ¿Es él quién escribe? Dura y difícil tarea, las bóvedas de las tabernas son más seguras que la oficina gris y vertical. Él lo sabe y por eso rehuye todo trabajo. Es importante la ausencia de formación para poder expresarse así, para tener ese engolamiento en la cita y la derrota. Visionarios puertos externos, son las playas de oro que los viajes han terminado por gastar. Olor de licores removidos, olor de tabaco sin precio, manos que tiemblan, el visor, el folio, la pluma. Nadie responde a su pregunta. Nadie espera que se detenga el vuelo de las palomas sobre la plaza. Claustro eterno de su útero, vejiga hinchada de su vientre, es él allí: el centro de la plaza, el dibujo de su cráneo, el tacto de la piel pulida por la nocturnidad y la cocaína. No dijo fiesta blanca, pero estaba cerca. Nada dio a entender. Había una guitarra que se apoyaba contra el dintel de la casa verde. Música de cámara. Habitación rota o herida. La hija es transparente en el cielo rojo del salón. No se oye el tableteo de la máquina de escribir. Una vez nos vampirizó, ¿con tal seguridad que la duda se torne en esa urraca que elegante surca el cielo de la mañana, hacia el trabajo, la tarea? No son supersticiones de filólogo, ni melindres de monja real en su asiento de diccionario y gramática. El uso establece la forma, nunca te olvides, dice y el vapor del alcohol es la redundancia que aletea en sus conversaciones.
Ancianidad en sus pasos cuando la pendiente rechaza: letargo y amnesia, pasión silente, arbitro sin letra, abecedario de plata y miel, viento hundido en el canal.
Es el canal su ámbito.