20.7.10

oranges

La extensión de la noche se dibujaba sobre el recorte o el perfil de las copas de los árboles. Penumbra en la penumbra. Era el abrazado esfuerzo de una nueva casa en el bosque. Pensaba en una patrulla de zapadores que se interna en el bosque, y quizá en lugar de soldados son leñadores. Esos paralelismo que constantemente surgen sin ser llamados. Estaba allí la dificultad de la bruja en la media noche: no podía luchar contra la verdad de su esencia. No era aquel atado de libros y cables y artilugios con pantalla y teclado lo que otorgaba la certeza de modernidad. La modernidad estaba muerta antes de nacer. La noche abriga el deseo de los enfermos: tal que todos, pero con mayor intensidad, es la vida, su superlativa manifestación. Riqueza, bienestar, prosperidad.


Caminaban por el sendero que bordea el río. Arena, grumos de luz, el estallido vegetal de julio. No había nadie. El cielo, entre las hojas, era un esmalte. Nadie tradujo su condición mortal a la eternidad del paisaje. ¿Quién recuperaría aquellos momentos? ¿Eres tú el depositario de su memoria? ¿Se extingue la visión?


Amaba la tipografía, le faltaba concentración, indolente, los paseos son el vicio del visionario. Campos y su misterio, la naturaleza en un artefacto de difícil comprensión. No hay deseo en el comprender.


Rechaza la explicación mientras camina por el sendero que bordea el río. Ella le escucha y la condición mortal se hace patente, es despreciada y en ese momento son dioses, con toda la irresponsabilidad se bañan desnudos en el río. Agua helada, plegarias, retórica.