3.7.10

lumpenproletariat

Su madre, maestra en una escuela nacional, se había aficionado a la pintura de caballete en los últimos años. Ella la describía como una mujer con una gran capacidad, con indiscutible talento para el arte, (¿qué es arte?). Era el amor entregado de una hija que incapacita la visión de la realidad. Eso había sucedido anteriormente. Su madre era rubia y ella tenía una gran nariz que afeaba su rostro de una manera monstruosa, una nariz que había heredado de su padre. Se peinaba con las puntas de los dedos, casi sin darse cuenta miraba hacia la profundidad de la playa. Tenía un hermoso cuerpo, unas hermosas piernas, unos hermosos ojos, pero su nariz era la nariz de su padre, al que tanto odiaba. Un verano más, parecía decirse, pero ya he pasado de los cuarenta. Su marido se alejaba hacia el embarcadero con parsimonia, ¿le reconocía?, ella no deseaba verse en los espejos, nunca había soportado su rostro. Sin embargo adoraba su desnudez, todavía adoraba su desnudez: sus pechos, su vientre, su sexo, el vello púbico. Era la herencia de su madre, se decía mientras rotulaba cada uno de los miembros de su cuerpo. Los hijos, la ventura de las rebajas, su canción preferida, una guitarra arrumbada, sin poder detenerse, en el viento se transmite hacia el futuro el preciso detalle de cada verano y, así, se esculpen en los cuerpos su deriva. Los cuerpos tal como hoy los conocemos no son más que un esbozo de la muerte. Hoy lloverá, sin duda. No recuerdan su nombre, pero sí aquel día que discutió acaloradamente, después de haber bebido whisky barato y haber fumado hachís intenso y evanescente. Evasivas suposiciones sobre lo que en la últimas horas había leído. Jazz y detritus sobre las losas frescas de lluvia compostelana. Era Santiago de Compostela una ciudad de vampiros que se matriculaban o bien en Medicina o en bien en Historia. Lumpenproletariat, quiso explicarle alguien, sin éxito por que su consciencia se llamaba sueño o solpor. Viajes al Sur, Londres no es una ciudad, Paris habita en todos nuestros corazones. Hoy ya no es marxista y el humo del cigarrillo y el color del vermut son la plaza fija misma en su condición. Renovada, de maestrilla y madre, esposa, aburrida esposa en la terraza frente al mar.


Retratos, retratos

que se regalan en una tarde de verano

sin intención: desmayadas mujeres

y hombres que se sumergen en cerveza y tabacazo y fútbol o aburrimiento

y es la muerte conjurada que se ríe tras esos

setos y tullas y eucaliptos y ella vence, el juego

es patente dolor y es destino cierto. Zumo eléctrico de las tardes

de verano, se hunde la adolescente que un día nos amó,

se ahoga en la playa y todos duermen, ya. Retratos

en los desvanes, sin prisa, el día amanece.


Olvidó las instancias en algún bar. Pero no importa, mañana podré pedir otras. Las letanías tienen su ámbito nuclear en la repetición: mañana escucharemos lo mismo, sin esperanza. Ese era la definición que buscaban. Siempre el ejemplo aclara las dudas de los presentes, ¿lo han entendido, mis alumnos? Este es el criterio de edición.