1. No son sólo las palabras las que interfieren con estos rumores, como la alimentación de los enfermos, como el sonido o el letargo de ciertos anfibios. No, ni siquiera se trata de su escaño, de la tarea inacabada, las mañanas de los domingos entre libros, papel y bolígrafos. Sin continuidad, porque es la ausencia del deseo. El ordenador negro es un carbon sucio, la pantalla en su tintura eléctrica, embalsamados folios. Serpentina de anís y coñac, humeante cigarrillo. Las playas no están desiertas, el mar es un deambulatorio ambiguo y regresará a su vientre. La pereza se instaló en su vida en el instante necesario del nacimiento. Los perfiles que atesora su cuerpo son cuevas sin fondo, vicios y excusas. El que nada toma en serio no morirá porque ya no vive.
2. Hace tiempo que su cuerpo es una cárcel. Detestad esa fecundidad venenosa.
3. El doble sentido, la interpretación, ese margen entre la luz y la sombra. Es el batir las alas, las palomas, sobre los tejados, espuma de la noche, espuma del aire. Jill tiene un secreto, pero su nombre varía conforme la esclusa se abre y el agua anega los prados, sentimental golpear contra la piedra: negra, gastada, brillante, quizá brillante.
4. No era la amplificación de la autopista en la últimas horas del día lo que otorgaba el brillo dorado. El oro recubre la totalidad del automóvil, por lo tanto el automóvil es negro. Había razones interiores, el prensado momento alcanzaba, así, su intensidad cenital. La intensidad está relacionada con un estado de ánimo más próximo a la lujuria que a la tarea diaria. El peaje, la cabina, la peajista y su belleza encajada: relámpago de vítreo trago: es anís, es coñac, es ponche dulce. 40 grados.