El perfil de las torres, las casas, la luz entre los dedos, el fulgor de una llamada de teléfono, recuperar amistades y cultivar olvidos, aprehender el paso del tiempo. Un gusto por la romántica sensación de autoridad sobre el propio cuerpo, dejar que el amor inunde las estancias, compartir el verso y la prosa que la ebriedad nunca derrota. Una mujer baja de su coche una estantería, el cielo ha tomado el color profundo que anuncia la noche, mujeres que pasean, hombres caminan y fuman, el silencio sólo se ve perturbado por la circulación, la música como esbozo, como insinuación, como falsilla del pensamiento, la tenaza de los días y las semanas, el discurrir del tiempo, la perfumada estructura de la tarde. Asciende la cuesta que la lleva a su apartamento, es fluido su penetrar en el garaje y sabe que se encontrará con ella misma: enséñame el lugar donde todas las noches duermes, pues te quiero conocer. Libros, lápices, un radio despertador, zapatos y medias, la ropa interior y los abrigos que ya nunca se habrá de poner, gafas de sol y el ordenador, carpetas y dibujos, un instrumento dormido, el relámpago que se sabe, discos, cigarrillos y un vaso de agua mortecina, una foto de los tejados de Madrid, los tejados de París, los tomos de Rimbaud y los tomos de Baudelaire, engaños que son una pavesa, que hierve, que se apaga, que su extinción es renacimiento. Apertura y cierre, letanías, brujas que vuelan sobre la ciudad: su nombre, cocaína, vértigo y derrota. Todas viejas conocidas que se han revelado contra su dueño, esclavos que se ajusticiarán al amanecer y volverán a la vida la próxima noche: cuántas noches desveladas, cuántas veces entre los dedos se han convertido en polvo de oro y los perros ladran, gritan viejas enlutadas y ella las reconoce. Su cama es grande y la colcha blanca, tiene tres almohadones grandes: uno blanco y los otros dos blancos, también. Las paredes blancas y un reloj que su madre le regaló, piensa en su padre y mañana habrá de llamarle.