No era extraño aquel comportamiento, sin embargo había perdido el hábito de su cercanía: tanto tiempo atrás, las largas noches. Las noches nunca fueron muy distintas entre sí, aunque la novedad residía en las dobleces, había una adivinación, un pronóstico en el entramado de conversaciones y sentencias, que cada una de ellas, desgranadas con soltura y engolamiento, recubría los silencios de una sintética notación. Todos los silencios en su entorno, un trasvase de gestos hacia las palabras y su inversión, quizá eran sus tendencias, quizá lo había estudiado previamente, un ensayo que duraba años, lustros, décadas. Hacía dos meses que no se veían y encontrarse por casualidad en el ascensor fue un relámpago, una furia contenida, pero ni alegría, ni sorpresa, sin mixturas, sin delaciones, sin provisión. Todo y con todo detalle se lo había contado porque la sinceridad parece ser un valor dentro su creo, como si se pudiese enjuagar las ilusiones y el amor, el desprecio y la falta de respeto, la autoridad y la confianza perdida. Le preguntó por qué y la razón era una compañera de estudios que había encontrado por casualidad en una cafetería mientras desayunaba. Ropa interior, hoteles cerca del aeropuerto, manos que se acarician con disimulo en una estación de metro. Aquello duró un mes: hoteles, perfumes, la niebla en sus ojos, llegar tarde y excusas y nervios, soluciones y el excéntrico susurrar las disculpas y la justificaciones. Podría recordar con más precisión las camisas, los pantalones y el cinturón de cuero negro, sus olores, el tacto de su piel, los ojos, el pelo, los pies, las manos, los hombros, su pecho. Ahora, en el ascensor, el traje le hacía parecer mayor, había encanecido y le colgaban las mejillas. Simplemente hacía dos meses que no le veía y en ese tiempo se había desacostumbrado, su imagen no era automática porque había perdido el brillo, el contraste del pasado con el presente era cruel y exacto.