24.5.09

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Sobre la ciudad la tormenta triunfaba. Así era imposible dormir. Hacía calor y no deseaba conectar el aire acondicionado, en la oscuridad: llegaba la luz de la calle en grumos que se depositaban sobre la madera de la mesa, sobre la alfombra roja y blanca, sobre la silla humilde, sobre los libros, tras las rendijas de la persiana, la luz llegaba de la calle atenuada, luz de farola anónima y triste, sus círculos precisos y su perfil ausente. Calles que serpentean por las avenidas principales, arterias, glorietas y parques. Llegar hasta esta casa y saber cómo se mantiene preservado el espacio, el paisaje, el decorado de los días precedentes. Es una nota y un estallido, mañana será un día importante, hoy el sueño no se deja atrapar. La tormenta recordaba las historias a otros oídas, entre susurros, como si su ocultarlas fuese norma, pero siempre es así: hay cosas que es mejor no saber, y hablar de otras personas no es elegante. ¿Eso podría afirmarlo con total seguridad? ¿por qué se tenían por guías las premisas estéticas de un inventario elaborado a lo largo de los años, que se hunde, que asciende de las profundidades de ese mar congelado? Sin frío, atesorar los rostros y olvidar sus palabras, sólo la expresión en un estatismo propio de un óleo viejo y craquelado, así es su rostro frente al espejo en la noche de tormenta.