Árboles: Una pasión, un encuentro casual, nuestra seguridad, el perfume y el balance austero: hierro y nunca latón, paseos entre acacias, paseos bajo el manto espeso de los plátanos al borde de un río [¿recuerdas, en Portugal, aquel túnel vegetal, traspasado por los rayos del sol y unos niños que se bañaban en el río, su pelota de cuatro colores y sus gritos, recuerdas aquellas postales?], pasadizos, almacenes, vallas, setos, castaños, higueras, catalpas, un árbol que alguien trajo de china, quizá un fraile franciscano, pies de pato, el limo, la estela que la barca con motor fuera borda deja sobre el río.
Conexiones 1: Vio a los gemelos tras la ventana. Uno rubio, el otro moreno, sus uniformes del preescolar y una alegría propia de la primera hora de la mañana. El padre era un látigo, la madre una fortuna, caminaría hacia las fiestas con un velo de plata roja. ¿Las claves están a disposición de todo el Ministerio? ¿qué sería de ellos en su edad adulta? La pregunta voló sobre nuestra indolencia y era un espejismo. No teníamos autoridad para establecer pronósticos, para desvelar en futuro. Eran nuestra condena, eran nuestra salvación.
Conexiones 2: En el coche le contó la historia de su tío. Toda su vida, sin apenas haber trabajado, con el sustento de una pensión, se dedicó a acudir al mismo bar durante treinta y seis años. Allí, sistemáticamente, bebía ocho copas de vino tinto, lo que venía a ser casi una botella. Su mujer lo soportó, porque no había otra palabra. Había sido un hombre atractivo, pero, desde que ella podía recordar, era como una esponja hinchada. Su flatulencia, su mal humor, su mirada de vidrio. Finalmente la cirrosis acabó con él. Los médicos le propusieron un transplante siempre y cuando se comprometiese a dejar la bebida, pero él se negó. Eso sería el equivalente a estar muerto, le dieron el alta y fue al bar. Ese el bar que traspasan, del que te he hablado.
Manchester: Había una posibilidad pero se desmoronó. Nadie tiene la capacidad absoluta de decisión, hay leyes que imperan, subterráneas e implacables. ¿Guardar silencio? Guardar silencio. Y era un mapa que ardía sobre una mesa de mármol, la imagen la grabó en su memoria y ahora lo acompañaba en su ascenso a la montaña. No había elección, habían decidido por él y tal como se desvanecía el futuro, el presente resultaba luminoso en su intensidad, en la vulnerabilidad de los peatones. Antorchas, la noche, un perro cruza la avenida, luces, cigarrillos, amargos licores, el principio de una larga espera, la metáfora del viaje, la metáfora del navegante, el acaudalado mentiroso despliega su arte y se mete la mano en el bolsillo y extrae billetes grandes y falsos, la moneda es de oro, la moneda es de madera. Aviones que no despegan, las variantes, las variaciones de un modelo son ya otros modelos, no percibo la diferencia en esta hora de olvidos y renuncias.