Tú y yo encontramos botellas y guantes extraviados, tanto en el centro de Londres como en las afueras [que botánicamente tú y yo seleccionamos] ¿Quién había abandonado las botellas, quién había perdido sus guantes? Qué cosa tan triste un guante desparejado sobre las losas de la acera. No encontramos explicación y eso nos acerca al misterio que establece el tránsito de paseantes y ocupados peatones. Los coches son hermosos, pero prefiero el paseo sosegado y la victoria sobre la contemplación de los escaparates y las fachadas. Hermosos balcones, deliciosas estructuras, ventanas inhumanas, ventanas de fantasía y sueño y agradable tonalidad. Ladrillo rojo que colorea la ciudad, quizá naranja, quizá la intensidad de un bermellón que habrían de reflejar las precisas acuarelas de mi hermano. Son los paisajes y su representación lo que nos ha de salvar en el último momento. Dice el anestesista: piensa en algo hermoso. Pienso en nuestros paseos, pienso en Londres, pienso en aquellos guantes desparejados, en las botellas abandonadas.
Sin más dinero que el necesario, cuatro días en la meseta se convierten en una interna aventura donde se descubre la materia de la pesadilla. Se conjura. Hay brujas que atormentan a los niños cuando la medianoche es un reino. Espejos, noticias, burbujas o espuma, pequeñas esferas que acompañan la locura. Sólo es una letra. Paseo y el dinero es seguridad, pero hay sobre su poder una certeza: la muerte.
Aquella ciudad de Zamora nos acogió durante un día. Sol de agosto, vegas, el río, los puentes de hierro, la caminata, piscinas, bares lóbregos, chopos, alamedas, la Catedral es una piedra que hierve, vino intenso y la alegría de los viajeros desocupados. Hoy su recuerdo hace que reviva la sabia, el fulgor de los caminos, la plata de la lluvia. Clásicos, estables, viajantes. ¿Se recogen ya ustedes?, es temprano. Siempre, siempre es temprano.