Repasó los lomos de sus libros. Desde aquella silla, vieja y segura, podía leer cada título y estudiar la disposición de su biblioteca. Sabía que ese era el único lugar donde podría tener algo próximo a su mismidad. Ni siquiera eso tenía importancia, deseaba la disolución absoluta, desposeerse de su persona. El olvido, el paso de los días, un tornillo en una mano, hay una persona amable, hoy, en el otro lado del teléfono. Nadie tiene porque sostener las culpas de otro. Llovía.
El avión se retrasó, había niebla y no dejaba de llover, la lluvia y el viento, el invierno o su recuerdo. Las pistas mojadas, las perladas gotas de lluvia en las cristaleras, una rima interna siempre es un defecto, el paso de los operarios, la desidia de una mujer y su luto, maletas y libros y revistas, colores fuertes bajo el espectro de la floración de focos y destellos. Sentía pena, la tristeza de un otoño lluvioso. Nadie coge el teléfono, y pensó en un país organizado y diferente, no existe la perfección y ésta es la causa de mi dolor. La compañía de seguros, las voces que otorgaba, la indiferencia, sus problemas y una factura no pagada, es difícil no perder la paciencia. ¿Cuántas veces había llamado, cuántas excusas, cuántas diferencias que no se resuelven? La sala de embarque es un cápsula. ¿Ortografía? El uso inadecuado de un tiempo verbal para indicar una procedencia geográfica falsa, el empleo de un pronombre o una aspiración en el momento preciso. Llueve sobre todo el país y el avión se desliza como el monstruo que es, lento y perfecto en sus engranajes y articulaciones.
No admitiré esa explicación.
No dejaré de dudar y la duda me da nuevos paisajes. Admito la desidia.
Abrió la carta y se sintió mejor.
(...) no había leído nada, pero allí estaba su letra.
Un bálsamo.
Lujuria, encuentro tu nombre junto a mis llaves y es una entrada nueva, una introspección. El desarrollo y la conexión entre iguales, es reconocerse en un mar de vulgaridad y constancia en el error. Sólo cabe el silencio y la espera.
La cúpula de la catedral da sentido al cielo que contempla desde la otra orilla del río. Nubes y pájaros, agujas, tiernos brotes de primavera cuando el ámbito del otoño domina las edades y los pasillos blancos de azulejos y termómetros. Enfermedad, ceniza, calor de animal y la voz al otro lado del teléfono, hoy, es desagradable, la bruja que estigmatiza el peso de la culpa. No hay culpa.