Lento y seguro, el gato fue una constante en aquella casa. Uno que moría, nacía otro y la sucesión felina dibujaba la historia de la familia. Gatos negros, atigrados, grises, dorados, amarillos, nunca azules, ni violetas, ni absurdos. Los gatos tenían siempre su propio estatuto, la libertad y las obligaciones propias de su aristocracia. Era esa la historia de su familia, la historia de la casa de su abuela y la relató con mucha gracia en el banquete que sucedió al bautizó. Tabaco, ginebra y las esquirlas doradas del otoño.