3.0 - Gigante y súplica.
Ayer la vieron. Falda negra, la blusa nieve blanca o avena o piel de gato rojo, gafas y el pelo teñido, los labios muy rojos y el perenne asombro de sus ojos. Como olas el público dejaba el recinto y ella permanecía inmóvil, esa noche volvería a casa y sería tarde y estaría allí, entre los libros la foto del caballo, del caballo de cartón que su padre le trajo de Noruega. Como salmones o peces de oro y escamas y el pop no era gratis, tenía precio y plazos, no podía ignorarlo, pero la noche era perfecta, cálida y abrasada de cerveza y jóvenes y ella no era joven en su falda negra, en sus medias negras, en su ropa interior negra y todo ese torbellino era la misma espera de siempre, atenazada por una tristeza y entrechocar de copas y besos fríos, como labios fríos y eternamente rojos de París escaso y barato.
a. Londres se escapa a la clasificación y es más una edad que un estado, un tiempo que un paisaje.
b. Espuma y viento en su casa, y todo es provisional y el ordenador es un vacío inquietante, en esa habitación.
c. No precisaba explicaciones, pero su insistencia reluce en la noche, el vaso eterno del champán en los chigres: es que nos gusta tanto, y ahora ella estaba sola y él se perdía en el fondo de algún país, idiomas extraños y sexo acerado y estéril.