Su tacto era el tacto de la ceniza: entre los dedos, al calor de las yemas de los dedos. Una gota que cae, es ese el ritmo que desea y no encuentra. Era el pelo húmedo, el pelo negro y traspasado por canas y restos de humo, polvo y espuma. La luna se refleja en sus ojos de acero y cristal opaco, es un azul precioso y un blanco quebrado por el resplandor de noches de insomnio. En la calle se disponen las mantas de los vendedores ambulantes: paraguas, pañuelos, barras de labio, perfumes, alfileres y tijeras.
Madera seca, su tono adecuado para el fuego, ha de ser un rojo encendido y los barnices darán ese azul esquemático y fulgurante, el trastorno se asemeja a la enfermedad, pero no coincide con ella.
Abre la puerta, ella está allí, sus gafas y su pelo rubio y sus ojos de agua y plomo. Se vieron por última vez en Londres y Londres ya no es una ciudad ni un recuerdo ni una norma, como en su momento lo fue. Londres apenas es un rescoldo tras las gafas y la armonía del pasado, su perfección que explica el presente como una metáfora con fortuna puede capturar la esencia del amor o de la muerte o del asesinato, sin una dirección previa. ¿Qué deseaba? Constatar el mecanismo de la vida: el cambio y su diligencia implacable. Tierras de Salamanca y vino negro, ebriedad lenta de sus adolescencias traicionadas en prados y ríos y veredas: eran sus cuerpos desnudos, los fluidos y su salinidad espesa, la curva en reposo, con la limpieza de lo recién nacido, con la precisión de la juventud, esbelta y elástica, vientres que se juntan y abrazos que no se transparentan.
Grandes fuegos azules y verdes, espesos y nocturnos, ya no es tiempo para disculparse y la canción gira en su ritmo y es la falta de fe la que deja al descubierto todas las carencias. No has cometido ningún pecado, pero eso no indica nada sobre tu inocencia.