1. Presión. La gente se dirigía calle abajo, hacia la rivera. Reían y gritaban, desde su ventana observaba todo aquello y no lo comprendía, algo había que se le escapaba y eso era una desorbitada inquietud, un alejamiento, el extraño o el raro en la ventana, el raro, redundante y preciso, al que nunca se le ve o se le oye, el margen de la normalidad, la línea roja tras la cual no existe más posibilidad que la sinrazón, o el silencio. Como si no fuese más que el anuncio de una catástrofe, su presencia en la ventana parecía, a él así se lo parecía, desafinar en el conjunto, una discordante nota. El recorrido hasta la rivera era, en su opinión, una estupidez. Regresó a su escritorio, pero era difícil concentrarse, había un ruido excesivo y penetrante. Subió el volumen de la música y encendió el décimo cigarrillo de aquella tarde, fumó con delectación y parsimonia, la columna de humo se elevaba hasta los altos techos, estudió el muro de papel que suponían los libros heredados, los comprados y los regalos, allí estaba para confirmar su personalidad [qué palabra tan desagradable, porque preferiría un vacío más extenso, sin necesidad de la precisión que personalidad implica]. Pronto todo eso sería destripado: bastaba con morir para que cada libro buscase un camino diferente, separado de sus congéneres, así también le sucedería a los pequeños objetos que se amontonaban en las estanterías: gatos, llaves sin cerradura, cerdos, dados, matriuskas, dedales, tijeras, mecheros, pistolas de agua, barras de labios. Sin embargo, eso carece de importancia, no tiene peso ni substancia, sólo son objetos. Lo últimos viajes tenían la capacidad de entregar toda su carga metafórica y venenosa, círculos que se cierran. Demasiado evidente el paralelismo entre la vida y el viaje, difícil de soportar: angustia o ansiedad, podría elegir, pero prefería continuar con la visión de su colección de adminículos y detalles con gusto y significación. Mientras, en la calle, la fiesta continuaba con su tiempo y su ritmo, indiferente a la misantropía y la reconcentración, a la anulación de la humanidad y su concreción.
2. 34 años. Vio a aquel chico salir del vídeo-club. Ahora estaba calvo y su cabeza parecía abombada, como una mala restauración, quizá hidrocefalía, quizá no. Caminaba tranquilo y no dejaba de mirar a un lado y a otro con interés. No recordaba su nombre, pero sí su voz, su risa y el estilo pasmado y ausente de su rostro. El hachís adornaba su rostro y sus ojos, hundidos en la fuerza de la sangre, inyectados y en permanente poética del hambre: estaba muy delgado porque sólo se alimentaba de bollos de leche y café cargado, en las pausas de su trabajo de recadero y esa era la solución a la carencia de amor: las películas y la música en pequeñas porciones, pero diarias y constantes.
3. Noche. Una naranja en la mesa, en la nevera un jarro con agua, limones y un pez sin nombre. Podría retomar su afición a las acuarelas, pero no consideraba que aquel fuese un momento adecuado. Había restos de ceniza sobre la cama y un paquete de cigarrillos vacío sobre la mesilla de noche. La luz era débil y la música en la calle un estruendo sin forma, una percusión insistente y gritos, reventaba el cielo, de vez en vez, una trompeta, el grito de alguno y silbatos y tambores intermitentes. Bebió agua hasta que le hizo daño. Sintió el frío en su pecho y la noche era olvido y calor de verano, el frío en el invierno y en el pecho.