14.9.09

Dostoevsky

Las mañanas se le iban en la lectura de Dostoevsky, como una manera de establecer medidas y referencias extraviadas en los últimos años, una recuperación de viejos hábitos y certezas o desconfianza:


1) El jugador

2) Crimen y Castigo

3) El Idiota


En este orden tiene un sentido secreto que tiene relación con la edad madura.

Era lo que se había propuesto para sus vacaciones, un mes y una semana en la paz de su casa, sin obligaciones de despacho, ni citas, ni llamadas telefónicas, ni clases ni tutorías, ni nada que le atase a su vida ordinaria, secretarias, reuniones, conferencias, café, redacción, firmas, actas y presupuesto para los cursos de verano, que ya han sido sobrepasados con el triunfo acostumbrado. Los alumnos eran un recuerdo y sus manías eran su poder sobre ellos, pero eso es calderilla cuando se sabe uno carente de talento [falso por otro lado, pero la creación siempre exige un precio que él nunca estuvo dispuesto a pagar].


Ahora sí, la lectura es sistemática. Libros que le habían hurtado la inocencia durante su adolescencia y ahora le parecían tan inocentes que nada le impedía (...)


A. Encerrado en el salón hasta las doce, luego un paseo y después la comida y la siesta. Estudiaba alguna partitura y continuaba con la lectura hasta bien entrada la madrugada. Dos veces leyó Crimen y Castigo. No eran los estragos del tiempo lo que le preocupaba, muy al contrario, finalmente su miedo se centraba en la indignidad y el servilismo. Era una conjetura, pero parecía cobrar carta de verdad. Aquellos que había visto durante las últimas semanas rogando favores y humillándose no dejaban de ser el producto social y degenerado de una osamenta. ¿Sostenían todo aquello con su servilismo? Cualquiera podría adivinarlo, y no duda, ahora lo veía, pero el tamiz llevaba a la exageración su percepción. ¿Eso significaba que estaba bajo un mal influjo, equivocado en sus juicios? No respondería, pero tomaba nota. Los detalles, la armadura del vestuario y el sonido de las palabras no son inocentes, la puesta en escena es el principio teatral y  mucho de teatro había en todo ello. 


B. Leyó, y recordó la primera lectura, en El Idiota que los verdaderos ateos no hacen gala de su ateísmo, lo apuntó en una libreta y se fue a pasear. Vio a un conocido, lo saludó y pensó en todo lo que les unía. Redundancia, eso carecía de importancia, el saludo es una forma de cortesía y poco más, una redundancia, pero ¿qué es del que no es saludado? Ignorar al otro es una manera de atacarle, desde una posición de privilegio puede ser mortal de necesidad, contaría eso en un artículo de los que escribe para el periódico local, los domingos [y cualquier día le darán un premio: los consideraba un atado de lamentables y gastados acertijos, la ironía y el cinismo, el desprecio y la rutina, su pedestal, la torre de marfil]. Debía tomar una determinación, pero ¿necesariamente, el viaje implica cambio? ¿no se encontraría allí dónde fuese la misma materia humana o está es variable según el clima, el paisaje, la historia? No hay solución de continuidad y todo es órbita, gravedad, notas a pié de página, detalles, planetas, satélites, organización. Hoy volvería a creer, por unos minutos, unas horas, el resto de la jornada, antes de ser abrazado por el sueño y las lobos que bajo las habitaciones aúllan: son los hijos del vinazo y el hachís barato de las partes más húmedas de la ciudad antigua [o viejas, que es la estampa y su reflejo]