6.3.09

Paris

A lo lejos se podía ver la estela de un fábrica de ladrillos. Pronto cerraría, como había sucedido a lo largo del valle con tantas otras.
Tierra negra, húmedos castaños, huertas dispersas, que llegaban casi hasta el comienzo del bosque, que se derrama por la colina, por las colinas.
Comenzó a nevar y desde la habitación se veía como los últimos pastores, sus perros, su soledad sin ganado, se recogían, aburridos y con celeridad. Hacía demasiado frío, la nieve cuajó en pocos minutos.
El cielo y la tierra se fundían, nubes bajas y árboles que comenzaban a blanquear, a difuminarse en la grisalla. Sonó titubeante el primer acorde, llegó el coche y comenzó a pensar en París en otro sentido, en el cálculo de otras posibilidades, no por reiterativas, carentes de novedades. Salir hacia ella misma. El calor, la nieve, la contemplación de la cómoda cama que la esperaba, la arroparía en un sueño seguro.