Eran historias de ahogados, historias sobre ríos y apariciones sobre las aguas y fantasmas que traspasan a las personas al tiempo dejan en ellas un rastro de tristeza y desesperanza. Eso fue después de la cena y era la cocinera la que contaba la historia del hombre del aserradero. No tenía prisa por marcharse y en el vaso se licuaba el licor café, espeso y aromático, helado, dulce. Era eso, ese era el secreto que escondía el hombre que gritaba desde la entrada del aserradero. Él había sido visitado por los fantasmas por una falta cometida, dijo la cocinera pero no especificó cuál era esa falta, le dio un trago al espeso licor café, mientras el hijo de la dueña encendía uno de sus cigarrillos negros y ambos sonrieron maliciosamente, querían asustarla porque eso les divertía. ¿Era fácilmente impresionable? Todo se tornó siniestro como si hubiese penetrado en una realidad que se le había vedado a su llegada. Como un relámpago cruzó por su cabeza los últimos días en Madrid y los encuentros y desencuentros en el trabajo. La oscuridad de la cocina y los rostros iluminados por la luz de las desnudas bombillas otorgaban el teatro necesario a la escena y eso la llevaba hasta el centro de sus preocupaciones. Pensar en victorianos relatos, en escritores desesperados y adolescentes. Una Francia, un París decimonónico, o Baudelaire o Rimbaud, un rastro maldito. Miraba al chico y miraba a la cocinera, les miraba y pensaba que todo era producto del aislamiento y de un substrato que superaba sus propias creencias.
Entró la dueña de la casa rural y dijo:
- Son sólo historias de viejas, no crea usted nada, pero el problema es que ese hombre si lo cree y ese es el peligro que encierra, debe evitarlo.
Nada dijo y se fue a su habitación. Le costó conciliar el sueño, y éste se tornó narrativo y lleno de imágenes donde se explicaba la diferencia que se puede encontrar a las ocho de la mañana entre el que ha dormido y el que ha estado toda la noche de juerga. Algo que se oculta bajo los ojos, un juego de músculos tensos o relajados que le otorgan o le hurtan a la mirada su vida.
El sueño es la imagen de la muerte.