25.3.09

opening - prelude 1

Todavía no había anochecido y una niebla blanca ascendió desde el valle. Durante los últimos días había dejado para antes de cenar uno de los cigarrillos que dosificaba, con la intención de abandonar el tabaco en un tiempo prudencial, unas pocas semanas, un mes a lo sumo. En cualquier momento sucedería y con delectación aspiraba el humo, jugaba con él cuando lo expulsaba y se preguntaba si recordaría con precisión ese placer tan pernicioso, tan costoso, tan detestable. La niebla se extendió por las praderas que desde la casa de turismo rural se podían ver, praderas que parecían simular el océano, una ilimitada extensión verde, un verde profundo, cambiante, hipnótico. Caminó hasta el muro de piedra y pudo ver al hijo de los dueños, se saludaron y él se acercó a ella. No tendría más de veinte o veintidós años, una edad indeterminada, pero de una juventud absoluta. Un rostro aniñado y una mirada acuosa, franca e indolente. La saludó y se sentaron juntos en uno de los bancos. Él le ofreció un cigarrillo que ella rechazó, hacía un momento que había tirado el último de día, tal como se había propuesto en su plan trazado para la deshabituación, cada vez con más dudas, con menos certezas. El hijo de los caseros fumaba tabaco negro y era algo extraño, ella estaba convencida de que ya nadie fumaba tabaco negro, por eso le pareció muy extraño que siendo tan joven fumase tabaco negro. Se sentaron y después de encender su cigarrillo, después de intercambiar trivialidades sobre el paisaje y el clima la conversación derivó hacia las rutinas de la explotación ganadera y de la casa rural. Pasados unos minutos, él comenzó a contarle cosas sobre amigos que tenía más allá de las montañas, que se veían de vez en cuando y que les había conocido en una estación de esquí, cuando esquiaba, y de eso hacía tres años, para él una eternidad, para ella un instante. Eso le llevó a relatarle como unos meses atrás, en un pueblo cercano, a penas veinte o veinticinco kilómetros,  escaparon de unos matones que les querían pegar sólo porque se empeñaron en que eran de Madrid y habían ido allí para reírse de ellos, para robarles las novias, para humillarles. Tuvieron que correr, se perdieron entre fincas y hortalizas y al final encontraron la pensión donde dormían. Durante el resto de la noche se dedicaron a hablar y a beber un whisky barato que uno de ellos había traído, dijo que había sido muy intenso todo y empleó la palabra intenso como si fuese imposible emplear otra. Intenso, repitió con una exagerada nasalización. La aceleración primera, las fincas en la noche y luego el calor del licor en el cuerpo, centrado en el estomago y palpitante en el esófago. La hora de la cena se aproximaba y le apeteció fumar. Tomó un cigarrillo del arrugado paquete y lo encendió. Realmente era un tabaco fuerte, que le hacía sentir la aspereza del vicio y su composición de repugnancia y juego de humo y maneras y gestos, como si fuese un primer cigarrillo a escondidas, pero todo eso estaba en consonancia con la noche, con la niebla, con la pálida piel del chico y su acuosa mirada de pez, de híbrido entre pez y pájaro, pues así era su nariz y su pelo rubio y el azul de los ojos. Como una unidad, ese sabor arcaico era el fiel en el que gravitaría la noche y la introducción en el sueño. Se miraron y él le dijo que aquella chica que conoció le pareció hermosa, él se sonrojó y bajó la vista, algo más que hermosa, una magia, una categoría especial y desacostumbrada. Sus palabras resonaban como la campana en el fondo del valle, como los fuegos artificiales del pueblo, como la liturgia de la verbenas y las danzas, como algo primitivo y auténtico que había aguardado su llegada durante mucho tiempo, años o décadas.

- Has pasado junto al aserradero.

- Sí, aquí las noticas vuelan.

- Es un pueblo. No deberías andar sola por los caminos.

- Para eso he venido aquí.

- No es conveniente.

Le atraía aquella manera educada de mirarla, de ofrecer tabaco, de contarle secretos que nunca antes había contado de aquella manera. Le miraba y la ternura era una señal, la señal se dibujaba en el humo que ascendía desde la chimenea y se confundía con las nubes. Prefirió no preguntar y pensó en aquel hombre que gritaba algo desde la entrada al aserradero, pensó en las graveras, en su desolación a esa hora de la noche, como si el paisaje estuviese preservado en los prolegómenos del sueño.